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Crónica de una entrevista a un artista irremediable, Pedro Friedeberg

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Pedro Friedeberg es uno de los personajes más enigmáticos de la escena del arte mexicano, el hablar con él es una experiencia única, así fue como me tocó vivirla.

Es una gran pregunta, pero no tengo una respuesta. A la hora de entrevistar a Pedro Friedeberg, nunca se puede estar preparado. El contestará cada una de los cuestionamientos que le propongas, pero nunca de la manera que esperarías. 

Uno puede idealizar a los artistas, admirar su obra, estudiar sus escritos, pero realmente uno no los llega a conocer hasta que se conversa con ellos. Pedro es todo lo que esperarías, pero a la vez es todo lo contrario, su forma de ser es paradójica en sí misma. Contradicciones, burla, risas y la receta para los ostiones Rockefeller son cosas que no pueden faltar, pero a la vez un sentimiento de estrés, ansiedad y desesperación nunca te deja. Buscar entablar una conversación con él es como balancearse un tronco situado en una piedra sobre un río lleno de cocodrilos, un paso en falso y puedes perderlo todo.

Es hasta que te caes y lo pierdes todo, especialmente la cordura, que te acercas un poco más a la mente del genio. Yo viví ese momento cuando me sentí perdido e indigno de estar entrevistando a Pedro, incapaz de sacar algo de la entrevista, así que decidí resignarme a cerrar mi libreta y tener una conversación con él. Friedberg al ver este movimiento simplemente soltó una leve sonrisa. En reflexión yo pienso que es lo que él busca, desbalanzarte para que caigas, aunque sea un poco, en un mundo menos superficial, pero tampoco más profundo, simplemente, su mundo. 

Con este nuevo enfoque, decidí sacar a tema una litografía dentro de su haber, “Ya conocimos a Diaghilev”, inspirada o hecha en homenaje a Sergei Diaghilev, fundador de el ballet ruso, y platicar de él sobre épocas anteriores, de compositores como Stravinsky, socio de Diaghilev y el compositor favorito de Pedro (del cuál recomiendo ampliamente escuchar Le Sacre du printemps),  hasta dar el pequeño paso a temas como la ópera, de la cual compartí mi fascinación, siendo respondido con la ya familiar respuesta retadora de Pedro, quien la describe como: “historias falsas, de tiempos pasados, presentados de una manera acartonada”. Poco a poco, era posible ver espacios de discusión abierta. 

Al encontrar esta especie de campo común, te puedes dar cuenta que detrás del artista, hay un ser humano, con preocupaciones similares a las que uno, un simple mortal, también tiene. Le compartí mis sueños, irme a vivir a una cabaña en medio del monte para estar en soledad, y me dio una reflexión en la cual abrió un poco su armadura, “No es necesario vivir en una montaña para estar en soledad. Yo vivo en medio de la ciudad, y estoy completamente solo, nadie me visita, no tengo teléfono, así que nadie me habla”. 

Buscando avivar los ánimos después de esta sombría parte de la conversación, decidí preguntarle al pintor de 88 años qué planes tenía a futuro, a lo que respondió alegremente: “Quiero llegar a un lugar diferente, a un lugar mejor, a la tumba…”. Entre carcajadas llegó justamente su manager para indicarnos que era momento de acabar nuestra plática, finalizando de esta manera, esta entrevista a un artista irremediable.

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