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¿Crisis en Venecia?

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La Biennale di Venezia de este año probablemente será recordada menos por sus pabellones que por la crisis institucional que terminó absorbiendo a una de las mayores celebraciones culturales a nivel mundial. En cuestión de semanas,  los Giardini y el Arsenale se volvieron trincheras en una guerra de diplomacia, instituciones, ética e ideologías políticas.

Desde la última edición, es imposible negar que el mundo ha tenido una reclasificación política importante, el arte, intrínsecamente ligado a los aconteceres, no pudo evitar ser parte. Esto llegó a ebullición cuando el jurado internacional, integrado por Giovanna Zamperi, Elvira Dyangani Ose, Zoe Butt, Marta Kuzma y presidido por Solange Farka, anunció públicamente que no consideraría para premios a artistas representantes de países cuyos líderes enfrentaran acusaciones por crímenes contra la humanidad ante la Corte Penal Internacional. Aunque el comunicado nunca nombró explícitamente a los países, la referencia a Rusia e Israel es más que evidente.

Aunque la Biennale defendió la autonomía del jurado, la situación escaló más rápido que político soltando promesas en debate presidencial. Días después, la totalidad del jurado presentó su renuncia colectiva, dejando a la institución sin su sistema de premios. Este fue reemplazado por un esquema de votaciones abiertas al público denominado “Visitor´s Lions”, pintado como un esfuerzo de democratización del arte que se diferencia de la tradición crítica de la muestra. 

Pero la cosa no terminó ahí, hasta el momento 81 artistas tanto de la muestra central como de los pabellones nacionales han anunciado mediante e-flux que retirarán sus trabajos de la consideración para los premios de esta edición. Durante décadas, los premios de la Biennale funcionaron como uno de los máximos mecanismos de legitimación dentro del arte contemporáneo. Un León de Oro podía redefinir carreras enteras, abrir mercados y consolidar trayectorias internacionales. Sin embargo, esta edición parece marcar cierto desgaste alrededor de esas estructuras de validación institucional.

Las protestas alrededor del pabellón ruso, las manifestaciones contra la presencia israelí y las amenazas de suspensión de financiamiento europeo muestran además cómo la muestra ha dejado de operar como “el lugar donde el mundo se une”, como buscó defender Pietrangelo Buttafuoco, presidente de la Biennale. La exposición se ha convertido también en un reflejo de las tensiones geopolíticas, ideológicas y económicas que atraviesan actualmente al mundo del arte.

Esta 61ª Exposición Internacional de Arte quedará marcada por el debate sobre el papel que deben ocupar las grandes instituciones culturales en un contexto internacional sumamente  polarizado más que por las obras que la conforman. La Biennale de Venecia continúa siendo uno de los eventos más influyentes del circuito artístico global, pero hoy parece enfrentarse a una pregunta que atraviesa a gran parte del sector cultural contemporáneo, si todavía es posible separar el arte de las disputas políticas que moldean el panorama geopolítico actual.

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