Entre amistad, hospitalidad y una causa en común, Mercedes Bernal, Miwi Lerma, Mariana Villegas e Isabela Freydell decidieron crear una cena que fuera más allá de la experiencia gastronómica. Lo que comenzó como una idea entre amigas terminó convirtiéndose en un proyecto donde la cocina, el vino y la comunidad se unieron para apoyar al Hospital Infantil Dolores Sanz.
La iniciativa nació de manera natural. “Todas somos amigas y desde hace tiempo queríamos hacer algo juntas”, cuentan. La llegada de un nuevo espacio, Mesa Meroma, y el deseo de hacer algo significativo hicieron que todo coincidiera en el momento indicado.
Para Mercedes, una de las organizadoras, la causa tiene un significado profundamente personal. “Mi abuela formaba parte del patronato del hospital, entonces es un lugar con el que crecí y que siempre ha estado muy cerca de mí”.
La respuesta de quienes las rodean fue inmediata. Proveedores, marcas y colaboradores decidieron sumarse para hacer posible la cena y maximizar el impacto del donativo final. “La idea siempre fue que la mayor parte de lo recaudado llegara directamente al hospital”.

La mesa
Pero más allá de la logística y la organización, había algo mucho más profundo detrás del proyecto: la intención de convertir la mesa en un espacio de encuentro. Para ellas, la cocina no solo tiene que ver con preparar alimentos, sino con crear momentos donde las personas puedan sentirse cómodas, acompañadas y conectadas entre sí.
La comida es un lenguaje universal”
“La mesa es ese lugar donde las personas conectan, comparten y se sienten cómodas, incluso sin necesidad de hablar demasiado”. Desde su visión, cocinar está directamente relacionado con la hospitalidad y con la posibilidad de hacer sentir a alguien en casa.
Esa misma sensibilidad atravesó la propuesta gastronómica de la noche. Lejos de buscar algo pretencioso o sobrecomplicado, la cena partió de una cocina honesta, donde los ingredientes fueron los protagonistas. “No buscamos transformar demasiado las cosas, sino respetarlas y dejar que hablen por sí solas”. Cada una aportó una mirada distinta, influenciada por sus propios contextos, experiencias y formas de entender la cocina, generando así una mesa mucho más rica y diversa.
Más allá de la comida
La selección de vivo fue pensada desde proyectos pequeños y productores independientes, priorizando etiquetas con historia y procesos mucho más personales. “Nos interesaba trabajar con vinos donde hubiera una conexión humana detrás de cada botella”, cuentan. Porque, al igual que la cocina, el vino también puede convertirse en una forma de entender territorios, memorias y personas.
Lo que más las entusiasma es que esta cena no se quede en un solo momento. La intención es seguir creando encuentros similares e incluso invitar a chefs de otros lugares para continuar construyendo comunidad alrededor de la mesa. Tener un espacio propio hace que la idea pueda crecer de una manera mucho más orgánica y constante.
Y quizá eso es lo que termina dándole sentido a todo: la posibilidad de construir algo juntas. “No solo se trata de cocinar”, dicen. “Se trata de crear comunidad, hacerlo entre amigas y generar algo positivo desde un lugar genuino”.

Porque al final, la cocina también habla de quiénes somos. De nuestra historia, de dónde venimos y de la forma en la que elegimos compartir con los demás. Y en una industria que muchas veces puede sentirse exigente o competitiva, encontrar espacios de colaboración genuina se vuelve todavía más valioso.
Así, esta cena termina convirtiéndose en algo más grande que una experiencia gastronómica. Es un recordatorio de que la comida puede conectar personas, abrir conversaciones y, cuando nace desde la intención correcta, generar un impacto.
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