Hay algo que pasa antes de entrar al estadio. Lo notas desde que bajas del metro o doblas la última esquina. Empiezan a aparecer jerseys de todos los colores, banderas colgadas al hombro, cámaras buscando la siguiente foto y gente que, aunque viene de lugares completamente distintos, termina caminando hacia el mismo sitio.
Los partidos del Mundial en México han convertido las calles que rodean los estadios en una de las mejores postales del torneo. Hay aficionados que viajaron desde Inglaterra, República Checa, Brasil o Japón y otros que hicieron el trayecto desde cualquier rincón del país. Todos llegan con la misma emoción y eso hace que el ambiente se construya de forma muy natural.
Cada grupo trae su propia manera de vivir el futbol. Algunos cantan desde horas antes, otros intercambian bufandas, buscan la foto con quien lleve la playera más inesperada o simplemente se dejan llevar entre la música y el movimiento de la gente. Todo pasa al mismo tiempo y, de alguna forma, todo tiene sentido.
México también termina marcando el ritmo. El olor a tacos al pastor se mezcla con el de los elotes, un mariachi aparece entre la multitud sin necesidad de escenario y los vendedores recorren las calles con banderas, sombreros y jerseys que cambian de manos durante todo el día. Para muchos visitantes, esa caminata termina siendo su primer recuerdo del país.
Es un lado del Mundial que no aparece en las estadísticas ni en el marcador, pero sí en las fotografías que todos se llevan de regreso a casa. Porque muchas veces la mejor imagen del día no sale de una jugada, sino de un abrazo entre desconocidos, una conversación improvisada o una calle llena de colores unas horas antes del partido.
Al final, el estadio es el destino. Pero buena parte de la historia sucede antes de cruzar sus puertas.

































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