Diego de Romay
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Diego de Romay: escuchar al mundo para crear

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Diego de Romay se construye desde el contraste y la escucha, sus obras no surgen de la prisa ni de la imposición de una forma, sino de un diálogo constante con el tiempo, los materiales y las historias que estos contienen.

Diego entiende el diseño y el arte como procesos vivos: actos de observación, espera y respeto. Su trabajo propone una manera distinta de habitar el mundo. Una donde la creatividad se comparte, el error se integra y el objeto no se consume de inmediato, sino que acompaña, transforma y genera preguntas.

Diego de Romay

Siendo originario de México pero con una formación internacional, ¿cómo se ha nutrido tu creatividad a la hora de diseñar? 

Haber crecido en México y formarme fuera me dio, desde muy temprano, una conciencia profunda del contraste. Por un lado, una educación estructurada en Inglaterra, con referencias históricas muy claras y un fuerte énfasis en la disciplina; por otro, una relación mucho más intuitiva con el entorno en México, marcada por la naturaleza, el ritmo del clima y la observación directa. Mi creatividad nace precisamente de esa tensión entre mundos que parecen opuestos, pero que para mí siempre han sido complementarios. Más que buscar un estilo híbrido de manera consciente, creo que mi trabajo es el resultado natural de haber transitado entre realidades distintas. El diálogo entre orden y libertad, entre tradición académica y conocimiento natural, sigue siendo una fuente constante de preguntas, y es desde esas preguntas –más que desde las respuestas– que surgen mis piezas.

¿Cómo ha sido para ti el acercarte a la cultura mexicana a través de su gente, riqueza y tradiciones? ¿Y cómo colaboras con estas comunidades?

Mi acercamiento a la cultura mexicana ha sido, ante todo, un proceso de escucha. Más que intentar reinterpretar tradiciones, me ha interesado entenderlas desde dentro: cómo se trabajan los materiales, cómo se transmite el oficio entre generaciones y cómo se construye identidad a través del hacer. Ese aprendizaje ha sido profundamente humano y ha redefinido mi noción de autoría y creatividad. En el estudio, la colaboración no se entiende como una relación jerárquica, sino como un trabajo compartido. Mi papel es crear un espacio donde el conocimiento ancestral del artesano pueda mantenerse vivo, evolucionar, prosperar y ser valorado con la dignidad que merece. Ese entendimiento del mundo terminó influyendo de manera decisiva en mi manera de concebir el diseño y la creación. Mi padre, el arquitecto Ricardo de Romay, (pionero y creador del estilo arquitectónico que hoy caracteriza a la Riviera Maya e incorpora sus elementos vernáculos) fue una gran inspiración y la llave que me permitió descubrir ese mundo. 

¿Qué representa para ti la naturaleza?

La naturaleza representa, ante todo, una lección permanente de humildad. Nos recuerda que no todo puede ser controlado, acelerado o perfeccionado, y que muchas veces la belleza surge precisamente de aquello que no responde a nuestras expectativas. También es un archivo vivo. Cada árbol, cada veta, cada grieta y curva contiene información sobre el tiempo, el entorno y las circunstancias que lo formaron. Trabajar con esos materiales implica aceptar esa memoria y permitir que siga hablando a través de la pieza final, que considero un renacer; la muerte natural de un árbol se convierte en el nacimiento de una nueva vida. Crecer rodeado de naturaleza y observar cómo todo responde a ciclos muy precisos despertó en mí una sensibilidad particular hacia los materiales y sus procesos naturales. Con el tiempo, esa conexión dejó de ser solo una inspiración estética para convertirse en una responsabilidad. Hoy, la relación con la naturaleza es un diálogo constante: observo, espero y trabajo al ritmo que ella marca. Mis piezas no buscan representar la naturaleza, sino continuar su historia desde otro estado.

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¿Cómo consigues conectar tus piezas con su origen y entorno? 

Todo comienza escuchando el material. Antes de pensar en forma o función, intento entender qué historia trae consigo el árbol: cómo creció, por qué cayó, qué fuerzas lo moldearon. Ese origen no se borra, sino que se convierte en la guía del proceso creativo. El entorno también permanece presente en el ritmo de trabajo, en las técnicas utilizadas y en la manera en que se conciben las piezas como “familias” nacidas de un mismo origen. De esa forma, cada objeto mantiene un vínculo tangible y simbólico con las otras piezas creadas en el estudio.

Cuando las personas conocen la historia detrás de una pieza, la relación con el objeto cambia. Deja de ser únicamente una forma o un material atractivo, y se convierte en un relato que continúa en el espacio donde habita. Esa conexión emocional suele generar una mirada más pausada, más respetuosa. Me interesa que las piezas no se consuman visualmente de inmediato, sino que inviten a la contemplación y al diálogo con quien las observa o las habita.

¿Cómo consideras que es hoy valorado el arte y diseño hecho en México? 

México vive un momento de gran visibilidad, pero también de grandes retos. Existe un interés creciente por el diseño y el arte producidos en el país, especialmente cuando están ligados a procesos auténticos y a narrativas profundas. Sin embargo, creo que aún es necesario seguir defendiendo el valor del tiempo, del oficio y de la complejidad detrás de cada pieza. El reconocimiento real no debería medirse solo en términos de tendencia, sino en la capacidad de sostener prácticas a largo plazo.

¿Cómo surgió el proyecto de Casa Calisa? 

Casa Calisa nació de la necesidad de expandir el estudio hacia una experiencia más integral. No como una galería tradicional, sino como un espacio donde arte, arquitectura, diseño y naturaleza pudieran convivir de manera orgánica, y crear una plataforma en la cual artistas puedan nutrirse y crear con libertad. La idea fue crear un lugar que no solo mostrara piezas, sino que permitiera habitarlas y entenderlas desde la experiencia cotidiana. Un espacio donde el visitante no observa desde fuera, sino que forma parte del entorno creativo.

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¿Cuáles fueron las motivaciones que te llevaron a abrir este espacio en Bacalar? 

La principal motivación fue crear un punto de encuentro. Un lugar donde diferentes disciplinas, culturas y miradas pudieran coexistir sin jerarquías claras. También existe un deseo de devolver algo al territorio que tanto me ha dado, creando un proyecto que dialogue con el entorno y contribuya a su vida cultural sin imponerle un modelo externo. Lo que más valoro son las conversaciones que surgen: reflexiones sobre el tiempo, el silencio, el paisaje y la manera en que habitamos los espacios. Todos entran cargando al mundo y salen volando sobre el.

Hablando de diseño y piezas de arte e interiorismo, ¿cuál es tu consejo para adquirir una de ellas y que esta perdure con el tiempo? 

Mi consejo sería partir desde la conexión y no desde la urgencia. Una pieza que realmente perdura es aquella que sigue generando preguntas y acompañando distintas etapas de la vida. Por lo general no tengo inventario, las piezas son únicas; cuando un cliente me busca, el proceso creativo comienza sin limitaciones. También es importante entender el origen de lo que se adquiere: quién lo hizo, cómo y por qué. Esa conciencia crea un vínculo que va mucho más allá de lo estético. Cada objeto es el resultado de un proceso largo y de una relación específica con el entorno cambia completamente la manera de habitarlo. Adquirir una pieza así implica asumir una responsabilidad: cuidarla, comprenderla y permitir que envejezca con dignidad.

¿Cuál es tu compromiso con el entorno contemplando que muchas de tus piezas surgen de recursos naturales?

Mi compromiso comienza con la decisión de no intervenir de manera agresiva en el ecosistema. Trabajamos únicamente con árboles caídos de forma natural después de la temporada de huracanes, y respetamos los tiempos que la naturaleza impone. Más allá del material, el compromiso también es social: asegurar que el trabajo genere valor real para las comunidades involucradas y que el proceso sea sostenible en todos los sentidos. Muchos jóvenes locales entran al servicio del turismo en búsqueda de una mejor vida. Nosotros intentamos que los artesanos estén orgullosos de sus costumbres ancestrales, las utilizan para crear arte y puedan vivir dignamente de su creatividad.  

¿Qué es lo que más te enorgullece de ser un artista mexicano? 

Me enorgullece pertenecer a un país profundamente marcado por el contraste, la resiliencia y la riqueza cultural. México tiene una capacidad única para absorber influencias y transformarlas en algo propio. En México se respeta a la muerte como un elemento sagrado que permite la renovación, algo que siempre me ha cautivado. Esa complejidad se refleja en su gente, sus paisajes y sus tradiciones, y es una fuente constante de aprendizaje y responsabilidad para quien crea desde aquí. 

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Antes de que una pieza exista, ¿qué aparece primero en tu proceso: una idea, una forma, un gesto corporal o el encuentro con el material? 

Generalmente no aparece una idea clara. Lo primero suele ser una sensación difícil de nombrar: una tensión, un peso, una dirección. A veces se manifiesta en el cuerpo antes que en el pensamiento, como una intuición que todavía no tiene forma. Solo después de convivir un tiempo con esa sensación comienza a tomar estructura. Intento no apresurar ese momento, porque cuando una idea se define demasiado pronto corre el riesgo de volverse rígida. Prefiero permitir que el proceso me sorprenda. Muchas decisiones importantes han surgido precisamente de situaciones que no estaban contempladas. Aceptar esa incertidumbre me ha ayudado a confiar más en el proceso y menos en la idea de control absoluto.

¿Cuál es el legado que buscas dejar por medio de tu arte, creatividad y diseño? 

Más que un legado tangible, me interesa dejar una forma de mirar. Una invitación a detenerse, a escuchar y a reconectar con lo esencial. Si mi trabajo logra que alguien se acerque a la naturaleza, al oficio o al silencio con una mirada más consciente, sentiré que ha cumplido su propósito.

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