Así es hospedarte en Castelfalfi Luxury Resort: borgo propio, truffle hunting, spa, gastronomía toscana y paisajes que parecen demasiado perfectos para ser reales.


Llegar a La Toscana
Cuando llegué a Castelfalfi, lo primero que pensé fue que La Toscana sí se ve como en las películas. Solo que en persona cuesta más creerlo. La carretera se fue haciendo más angosta, cipreses apareciendo poco a poco, curvas, montañas perfectas y luz dorada. El coche sube un poco más, y logré ver el borgo a lo lejos. Todo se ve perfecto, como si alguien lo hubiera pintado cinco minutos antes de que llegáramos.


Castelfalfi está ubicado entre Pisa y Francia, dentro de una finca de más de 1,100 hectáreas donde conviven hotel, villas, restaurantes, viñedos, olivos, bosque, spa y un pueblo propio: Borgo di Castelfalfi. No es un hotel en donde haces check-in, subes a tu cuarto y todo empieza y termina ahí. Aquí el día se va armando solo: caminar por el borgo, tomar un aperitivo antes de cenar, bajar al spa, ver las montañas cambiar de color o quedarte en silencio un rato.

Me tomó menos de una hora entender que Castelfalfi no era un lugar para “aprovechar” corriendo. El mood es completamente otro: caminar más despacio, comer mejor, mirar con mucha más atención y por más tiempo y dejar que el día se acomode sin tanta agenda.
Una habitación que no compite con la vista
Las habitaciones de Castelfalfi tienen algo que se agradece después de un día entre carreteras, vino y montañas y es que no intentan competir con el paisaje. Son espacios amplios y tranquilos con una paleta cálida. Los detalles también suman. Los amenities son de Stefano Ricci, una elección que hace match perfecto con la idea de lujo italiano, sin demasiado show. Todo se siente cuidado, pero no rígido.

El primer aperitivo en Bar Ecrù & Lounge
Nuestra primera noche empezó en Bar Ecrù & Lounge, con un aperitivo que confirmó que el viaje ya empezó bien. Pedimos drinks y vimos el sunset desde el increíble bar. En la carta hay dos drinks en particular que entienden perfecto el lugar. Spring in Tuscany, con gin infusionado con romero, sirope de flor de saúco, mermelada de naranja y limón, es fresco sin sentirse muy dulce. Negroni Perpetuo, una versión del clásico nergroni envejecida en barriacas de roble durante al menos tres meses. Más seco, más bitter y perfecto para cerrar el aperitivo antes de pasar a cenar.


Olivina, nuestra primera cena
Después vino la cena en Olivina, que fue nuestra primera entrada real a la cocina de Castelfalfi. El restaurante tiene una forma muy bonita de aterrizar todo lo que pasa al rededor del hotel: la finca, los productos locales, el vino, el aceite y la relación directa con la tierra. Fue una cena tranquila, con vistas a las montañas ya oscuras afuera y la sensación de que el viaje estaba empezando.

Truffle hunting con Matteo, Bianca y Mosca
A la mañana siguiente, La Toscana apareció de otra forma. Más verde, más húmeda y más silenciosa. Fuimos a cazar trufas con Matteo, quien lleva más de 35 años dedicándose a esto. No lo cuenta como quien repite un speech para huéspedes. Lo cuenta como alguien que heredó una pasión de su abuelo y terminó convirtiéndola en oficio.


Caminamos por el bosque con Bianca y Mosca, los perros entrenados para encontrar trufas bajo la tierra. Matteo lo dijo clarísimo: un buen perro es la clave. No hay intuición humana que compita con un perro bien entrenado. Ellas olían, marcaban, esperaban. Nosotros mirábamos el suelo intentando entender algo que claramente ellas ya sabían desde antes.
En Castelfalfi se pueden encontrar trufas durante todo el año, pero lo más bonito de la experiencia no es solo encontrarlas. Es caminar por los árboles, escuchar el bosque, ver cómo Matteo lee y huele la tierra y darte cuenta que en La Toscana muchas cosas todavía dependen de paciencia, memoria y oficio.
Del bosque a la mesa
Más tarde, en Olivina, esas mismas trufas terminaron en nuestra mesa. El Castelfalfi Truffle Menu empezó con beef tartare con trufa, pan brioche tostado y honey demi-glace. Luego llegó el tagliolino hecho en casa con trufa, parmesano y salsa de mantequilla. Para cerrar, una vanilla truffle mousse con Vin Santo, trufa y crumble de cacao.


La experiencia completa tenía sentido porque no se quedaba en un simple truffle hunt. Las vimos salir de la tierra y después las comimos en una mesa con vista a las montañas que seguían pareciendo irreales. Además de que Olivina es también donde más se entiende la relación del hotel con su propia finca. Castelfalfi produce su vino, su aceite de oliva y su miel. Tiene más de 25 hectáreas de viñedos, 48 hectáreas de olivos y alrededor de 60 familias de abejas que producen miel Millefiori. Mucho de lo que llega a la mesa viene de ahí mismo. El famoso farm to table aquí no se siente como concepto de menú, es bastante obvio.
Cetrería en medio del bosque
Por la tarde hicimos una experiencia de cetrería con Lorenzo Tartarini. Y aunque al principio suena como algo que jamás pensaste hacer en un viaje a La Toscana, termina siendo un momento que jamás olvidas. Ver un halcón volando sobre el bosque, el guante en la mano, Lorenzo explicando cómo se entrena y la sensación surreal de estar en una escena que no sabías que tienes que vivir.


Cena en Il Rosmarino
La última noche cenamos en Il Rosmarino, la trattoria del hotel. La pizza Diavola tiene un punto perfecto de salame picante, los Tortelli Lucchesi con guanciale de Cinta Senese y salsa d’arrosto y el pollo ruspante al limone e miele con papas y pimientos sabe a comida auténtica italiana hecha con amor.


RAKxa Wellness Spa
El último día llegó con el spa, que después de vino, pasta, hikes y bosque se sentía como un must. RAKxa Wellness Spa es la propuesta wellness de Castelfalfi, inspirada en el retreat tailandés RAKxa de Bangkok. Tiene piscina interior y exterior climatizada, saunas, baño turco, duchas sensoriales y cabinas privadas de tratamiento.



Lo que se queda de Castelfalfi
No necesitas salir corriendo a ver toda La Toscana. No necesitas llenar cada hora con un plan. Puedes desayunar en Olivina, caminar por el borgo, tomar un drink en Ecrù, comer pasta en Il Rosmarino, ir al spa, ver cómo cambia la luz sobre los olivos y sentir que el día estuvo completo.

Lo que se queda de Castelfalfi no es solo el hotel. Es la forma en la que todo parece estar conectado: la tierra, la comida, el vino, los perros buscando trufas, el aceita en la mesa, los sonidos del bosque, los platos y los paisajes que parecen demasiado bonitos para ser reales. Te mete en una postal de La Toscana.
Fotos: Cortesía
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