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Morelia en Boca 2026: La memoria también se sirve

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FOTOGRAFÍA: CORTESÍA

En su decimasexta edición, Morelia en Boca celebra los vínculos que dan forma a la gastronomía mexicana y nos recuerda que detrás de cada plato existe algo mucho más importante que una receta: una comunidad. 

Hay algo profundamente humano en sentarse a comer. Una mesa puede convertirse en el escenario de una conversación inesperada, el lugar donde se preserva una tradición o en el punto de encuentro entre personas que, de otra manera, quizá nunca habrían coincidido. Comer es un acto cotidiano, pero pocas veces nos detenemos a pensar en todas las manos que hicieron posible ese momento. 

¿Quién cultivó los ingredientes? ¿De quién aprendió a cocinar la persona que preparó el plato? ¿Cuántas historias, territorios y generaciones existen detrás de un sabor?

Estas preguntas encuentran un lugar en Morelia en Boca 2026, el Festival Internacional de Gastronomía y Vino que, del 9 al 11 de octubre, celebrará su decimosexta edición en el Centro Cultural Clavijero, en Morelia, Michoacán. Este año, la comunidad se convierte en el hilo conductor de un encuentro que propone mirar más allá de la cocina para reconocer las relaciones que la hacen posible. 

Porque, aunque la gastronomía contemporánea suele contarse a través de grandes nombres, restaurantes y técnicas extraordinarias, su verdadera historia también pertenece a quienes trabajan la tierra, conservan los conocimientos de sus antepasados y encuentran en la comida una forma de compartir su identidad. 

Comunidad como ingrediente

En una industria donde la figura del chef suele ocupar el centro de la conversación, Morelia en Boca plantea una perspectiva distinta: reconocer que ninguna cocina se construye en solitario. 

Los homenajes de esta edición reflejan esa idea a través de dos personalidades que han contribuido a transformar el paisaje gastronómico y vinícola del Valle de Guadalupe: Jair Téllez y Natalia Badán. 

Desde sus respectivos universos, la cocina y el vino, ambos representan una manera de entender la gastronomía profundamente vinculada con el territorio. Téllez ha desarrollado proyectos a partir de relaciones de confianza, mientras que Badán ha sido una figura pionera en la consolidación agrícola y vinícola de la región. 

Sus trayectorias permiten abrir una conversación que va más allá del reconocimiento individual: ¿qué significa construir algo que también pertenece a los demás? 

El homenaje, que tendrá lugar durante la inauguración del festival, el 9 de octubre, celebra precisamente esa capacidad de transformar un territorio a través del trabajo compartido. 

Entre los participantes de esta edición se encuentran nombres como Norma Listman, Saqib Keval, Tomás Bermúdez, Sofía Cortina, Edgar Núñez, Lucero Soto y Marsia Taha, entre muchos otros. Distintas voces llegarán a Morelia para compartir sus formas de interpretar la cocina y dialogar alrededor de ella. 

Sin embargo, una de las presencias más significativas del festival continúa siendo la de las cocineras de las comunidades de Michoacán, quienes han formado parte de su historia desde el principio. 

María Inés Dimas Carlos, Juana Bravo Lázaro, Rosalba Morales Bartolo y Benedicta Alejo Vargas son algunas de las mujeres que participarán este año. Su presencia recuerda que el conocimiento gastronómico no siempre se transmite a través de libros o escuelas: también vive en los gestos, en la memoria y en esas recetas que pasan de una generación a otra sin necesidad de escribirse. 

En sus cocinas, preservar una tradición no significa mantenerla inmóvil, sino permitir que continúe formando parte de la vida cotidiana. 

Una experiencia que vive alrededor de la mesa

Durante tres días, el Centro Cultural Clavijero se transformará en un punto de encuentro donde la gastronomía podrá explorarse desde diferentes perspectivas. 

Habrá conversaciones y demostraciones en Cocina Central, encuentros alrededor del fuego en Cocina de Humo y catas dirigidas por especialistas. Las Mesas MEB, diseñadas para reunir a grupos de apenas 20 comensales alrededor de menús creados especialmente para la ocasión, ofrecerán una experiencia mucho más cercana. 

También habrá talleres de mixología, documentales y un Patio de Productores que permitirá acercarse a quienes trabajan directamente con los ingredientes y productos que definen la identidad de distintos territorios. 

La propuesta invita a entender la gastronomía como algo que no termina cuando se sirve un plato. También sucede en la conversación que lo acompaña, en el intercambio de ideas y en la posibilidad de descubrir una historia que hasta ese momento desconocíamos.

Las historias que también merecen ser contadas 

Esa intención de hacer visible lo que suele permanecer detrás de la cocina encuentra otra expresión en Ueamuo (Lugar donde sale humo) , el documental que Morelia en Boca presentará este año. 

Filmado en Santa Fe de la Laguna y realizado por Mariana y Santiago Arriaga, el proyecto acompaña un día de cocina junto a María Inés Dimas y su comunidad. 

El documental forma parte de la iniciativa audiovisual que el festival desarrolla por cuatro años consecutivos y que, en esta ocasión, continúa explorando la relación entre gastronomía, territorio y memoria. 

Su premisa es tan sencilla como significativa: dedicar tiempo a observar lo que sucede en una cocina y las personas que le dan vida. 

En un momento en el que la comida se consume también a través de imágenes que duran apenas unos segundos en nuestras pantallas, detenerse a mirar un proceso completo adquiere otro sentido. La cocina deja de ser únicamente el resultado final y recupera su dimensión cotidiana. 

La comunidad también se extenderá fuera del recinto a través de Platos por la Comunidad, una colaboración con Fundación CAMINEMOS.mx que invita a chefs y restaurantes a destinar un porcentaje de ventas a la organización durante septiembre, con actividades que continuarán a lo largo del festival. 

En una manera de llevar el concepto de esta edición más allá del discurso y convertirlo en una acción colectiva. 

Al final, Morelia en Boca 2026 propone una reflexión que trasciende los límites de la gastronomía: reconocer que las cosas extraordinarias rara vez suceden de manera individual. 

Detrás de una botella de vino hay un territorio. Detrás de una receta, alguien decidió compartirla. Detrás de un restaurante, hay una red de personas que lo mantiene vivo. 

Y detrás de cada mesa, la posibilidad de construir algo en común. 

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