¿En qué momento el trabajo deja de ser parte de lo que hacemos y comienza a definir quiénes somos? En La muerte de un viajante, de Arthur Miller, esta pregunta atraviesa la historia de Willy Loman y su búsqueda constante de éxito y reconocimiento. A partir de su personaje, Víctor Oliveira reflexiona sobre las expectativas que depositamos en nuestra vida profesional, la presión por cumplir con ciertos ideales y la dificultad de encontrar satisfacción en medio de una sociedad que parece estar siempre en competencia.
¿Qué fue lo primero que te llamó la atención de La muerte de un viajante?
Lo que está sucediendo en la obra y lo que nos plantea. A mí, particularmente, me interesa mucho el tema de la identidad personal a través del trabajo. En el ejercicio actoral, uno intenta conocerse a sí mismo y, a partir de ahí, conocer a la humanidad.
De alguna manera, somos víctimas y victimarios de este proceso en el que, si nos va bien en el trabajo, parece que somos buenos seres humanos; pero, si nos va mal, sentimos que somos una pérdida para la humanidad.
Eso me llamó poderosamente la atención: cómo nos vamos metiendo en esta carrera por el éxito. Además, creo que la obra cobra todavía más relevancia en la actualidad, porque vivimos en un mundo en el que creemos que ya no existen los imposibles. Y eso puede convertirse en un gran generador de ansiedad y depresión. Yo también soy víctima de esa dinámica.
¿Qué te ha llevado a cuestionarte sobre tu propia vida y la manera en que te relacionas con el trabajo?
Suelo leer mucho sobre psicología y es un tema que llevo tiempo trabajando, tanto en terapia como a través de la lectura y de la propia experiencia. Creo que los procesos psicológicos nunca terminan; seguimos aprendiendo hasta el día en que cerremos los ojos para siempre.
Hay que preguntarnos qué nos pasa cuando tenemos un mal día en el trabajo, qué sensaciones nos quedan en el cuerpo y en la mente. También vale la pena cuestionar esa voz interna que nos dice: “No eres bueno”, “no eres suficiente”. Se trata de poner en duda esa tendencia a definir nuestra identidad a partir de lo que hacemos profesionalmente.
¿Qué te permite explorar el teatro, función tras función, que quizá sería diferente en una serie o una película?
Hay algo muy particular en esta puesta en escena: todos los actores movemos la escenografía. Somos un poco actores, tramoyistas y escenógrafos; estamos involucrados en todo.
Como tenemos que estar presentes durante toda la obra y mover constantemente la escenografía, estamos escuchando todo el tiempo. Entonces no solo escuchas las palabras de Willy Loman, sino que empiezas a reconocer cómo se reflejan en los demás personajes.
Por ejemplo, este fin de semana me pasó algo muy interesante con el personaje que interpreta Miguel Tercero, uno de los hijos de Willy Loman. Ves cómo ese personaje termina imitando un poco al tío Ben, que es el personaje que interpreto yo: el hermano de Willy que encuentra el éxito después de viajar a África y descubrir unas minas de diamantes. A partir de ahí, se convierte en una figura de riqueza y poder, casi en alguien a quien los demás admiran por haber triunfado.
Cuando escuchas cómo un personaje se refleja en otro, entiendes lo bien que escribió Arthur Miller la obra. También reconoces algo de nosotros mismos: quizá no siempre nos damos cuenta, pero todos estamos metidos en la misma dinámica. Estamos en la misma carrera, tratando de imitar el éxito y de ser mejores que los demás.
Es como lo que vemos en redes sociales: alguien publica que recibió un ascenso, que compró un departamento o que consiguió algo importante. Todo parece formar parte de una competencia constante.
Para mí, ese es el efecto Arthur Miller: la obra te lleva a filosofar, a conversar y a hacerte preguntas, quizá sin llegar a una conclusión definitiva. Pero te hace pensar, y eso me parece increíble.
Hablando de esa idea del éxito, ¿qué crees que entendemos por tener éxito en nuestra propia vida y cuánto depende de lo que vemos en los demás?
Creo que el problema es que resulta muy difícil abstraernos de la realidad y de lo que sucede a nuestro alrededor. Por ejemplo, para mí el éxito últimamente ha sido terminar una función en paz. Poder decir: “Cometí algunos errores, quizá no fue mi mejor función, pero voy a llegar a casa, voy a ver a mi perrita, voy a prepararme algo de cenar y la vida va a continuar”. Eso ya es un éxito en sí mismo.
Pero es difícil no compararnos. Seguro también te pasa: ves que algún compañero recibió un ascenso o consiguió algo importante en redes sociales y, aunque tú estés contenta con lo que tienes, empiezas a preguntarte si realmente lo estás.
Para mí, además, el éxito tiene que ver con sentir que esta ciudad es mi casa. Soy migrante, así que tener amigos, una perrita, una vida cotidiana, vecinos con quienes hablo todos los días y un lugar al que siento que pertenezco significa muchísimo.
Sin embargo, sigue siendo complicado no entrar en esa carrera por querer ser el mejor. Es difícil. Pobre humanidad, necesitamos darnos un abrazo.
¿Te sucede que, al interpretar una obra una y otra vez, descubres nuevas cosas de tu personaje o encuentras otras maneras de interpretarlo?
Sí, definitivamente. Nuestro director, Cristian Magaloni, que es una belleza de persona, siempre nos insiste en que escuchemos. Es el otro personaje, nuestro compañero o compañera, quien nos está dando las respuestas.
Lo bueno de repetir una obra tantas veces, después de un proceso de ensayos tan largo, es que, una vez que el texto está asentado, empiezas a darte cuenta de lo que realmente se está diciendo.
Yo sigo descubriendo cosas constantemente. Además, como actor me encanta jugar. No me interesa hacer exactamente lo mismo en todas las funciones. Me gusta concentrarme en algún otro detalle de la escena para sentir que estoy vivo dentro de ella y que puedo entrar en un estado actoral diferente.
¿Qué te gustaría que el público se llevara después de ver la obra?
Me gustaría que reflexionara. Creo que ese es el teatro que vale la pena: el que te permite ver la historia completa desde el escenario y preguntarte si realmente vale la pena entrar en esta carrera por el éxito.
Vivimos en la era de la productividad, en la que queremos sacarle provecho absolutamente a todo. Todo tiene que ser rápido y, cuando terminamos algo, ya estamos pensando en lo siguiente.
Creo que la obra nos invita a cuestionar esa manera de vivir y de relacionarnos con el mundo.
Si pudieras quedarte con una sola reflexión de La muerte de un viajante, ¿cuál sería?
Que no vale la pena correr únicamente por llegar más lejos que los demás.
Lo digo también desde mi experiencia como actor. En esta carrera hay algo muy bello en el juego, la pasión, los ensayos y el proceso creativo. Eso es lo que disfruto de mi trabajo.
El problema aparece cuando empiezas a orientar toda tu carrera hacia la obtención de premios y reconocimientos. Ahí siento que entra en nuestras vidas un capitalismo recalcitrante que termina dañando aquello que originalmente nos apasionaba.
En mi caso, mi pasión es actuar. Para alguien que se dedica a la contabilidad, quizá sea hacer bien su trabajo y lograr que sus clientes estén satisfechos. Cada persona tiene algo que disfruta hacer, pero cuando empezamos a medirlo todo en función del reconocimiento externo, corremos el riesgo de perder de vista lo que nos llevó a hacerlo en primer lugar.
Creo que esa es una de las reflexiones más importantes que me deja la obra.
¿Qué sigue para Víctor Oliveira?
Por ahora, disfrutar de la obra. Vamos a viajar a muchas ciudades y estaremos durante todo noviembre recorriendo la República Mexicana. También vienen un par de películas en ese periodo.
Al final, uno puede haber leído a Arthur Miller y reflexionado sobre la autoexplotación, pero esta dinámica continúa: seguimos siendo víctimas y victimarios de ese proceso.
Aun así, estoy muy contento con el año que he tenido y con lo que le espera a la obra durante este cierre de año. Me siento muy agradecido con mi carrera y con todo lo que está sucediendo.
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