En Santita, la nueva serie de Netflix protagonizada por Paulina Dávila y Gael García Bernal, el amor, la culpa y las decisiones imposibles se entrelazan con una sensibilidad poco común. Dávila da vida a María José Cano, un personaje complejo que se aleja de cualquier cliché y que, desde la primera lectura, supo que la iba a retar profundamente.
“Sentí vértigo y agradecimiento. Me emocionó muchísimo, pero también me dio un poco de miedo. Desde la primera lectura supe que era una historia distinta y un personaje único que me iba a exigir mucho”, cuenta sobre su primer acercamiento al guion. “Y eso, aunque intimida, también es lo que más me mueve de hacer lo que hago”.
Sobre María José, su personaje, no hay etiquetas simples. “Es una mujer muy compleja, intensa, divertida, con un carácter fuerte y una forma muy suya de vivir su vida y ver el mundo”, explica. “Está llena de contradicciones y eso la hace profundamente humana”.
Lo que más la atrapó fue precisamente eso: su resistencia a encajar. “No está diseñada para ser complaciente. No busca aprobación. Vive desde sus propias reglas, incluso cuando eso la pone en conflicto con todo lo que la rodea”, dice. “Eso la vuelve muy libre, interesante y también muy vulnerable”.
En cuanto al amor que plantea la serie, Dávila es clara: no hay idealización. “Tiene algo romántico porque es un amor que permanece en el tiempo, pero está atravesado por lo no resuelto, por lo que no se dijo. Es un amor que duele, que incomoda y que transforma”.
Ese matiz también se trasladó a lo que ella misma aprendió durante el proceso. “Muchas veces lo más importante no es lo que pasa, sino lo que no se dice. Las relaciones también están hechas de silencios y de versiones que cada uno construye del otro”, reflexiona. “Y a veces amar no es suficiente”.
La construcción de Santita fue, en sus palabras, un proceso íntimo y exigente. “No podía separar lo físico de lo emocional. El cuerpo atraviesa una transformación muy concreta, mientras que lo emocional no necesariamente acompaña ese proceso al mismo ritmo”. Para lograrlo, trabajó desde la escucha, el cuerpo y una revisión personal profunda. “Hubo un proceso largo de cuestionar mis propias ideas y prejuicios para construir desde un lugar más honesto”.
Entre los momentos más retadores del rodaje, hay uno que destaca. “La escena del parto en la calle fue muy exigente, era el segundo día de rodaje, de noche, con muchos extras… había mucha tensión y acción al mismo tiempo”. Pero más allá de una escena puntual, el verdadero reto fue sostener el arco emocional. “Era no simplificarla, permitirle todas sus contradicciones”.
El nivel de entrega fue total. “Creo que ha sido el personaje más exigente que he interpretado, pero también al que más me he entregado. Fue un aprendizaje de humildad”, confiesa. “Me confrontó con mi relación con el cuerpo, la vulnerabilidad y la confianza”.
Y algo, inevitablemente, se quedó con ella. “Me llevé una mayor apertura a no tener todo resuelto, a vivir en paz con mis contradicciones, con menos afán de complacer o encajar”.
Sobre lo que espera del público, su respuesta es directa: “Que se permita cuestionarse cosas, que conecte sin juzgar tan rápido. Ojalá encuentren algo de sí mismos en el personaje”.
Finalmente, Dávila apunta a la conversación que busca abrir la serie: “Me gustaría que se hablara de discapacidad, representación y autonomía sin tabúes ni enfoques moralistas”. Y añade: “Ojalá impulse a que se cuenten más historias de mujeres con discapacidad con complejidad y sin prejuicios”.
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