En un momento donde el diseño parece medirse desde lo visual, The Indigo Interior propone una pausa: crear espacios que se sientan antes de que se vean.
Para Pablo Gamboa, el proceso parte de escuchar, entender y traducir la vida de quienes habitan cada proyecto. Así, cada espacio se convierte en un reflejo emocional, donde la estética es consecuencia.
Más que diseñar lugares, su búsqueda es crear refugios que acompañen y conecten.
¿Cómo nace The Indigo Interior?
The Indigo Interior es nuestro despacho de diseño. Somos un equipo dedicado a la creación de espacios, tanto comerciales como residenciales, desde una visión integral. Con el tiempo, el proyecto ha crecido y hoy se ha convertido en un ecosistema que abarca distintas áreas: contamos con una constructora, fabricamos nuestro propio mobiliario, todo es 100% personalizado, y también tenemos una tienda en línea.
Sin embargo, el corazón de todo sigue siendo el despacho. Es nuestra empresa más antigua; este año cumple 13 años. Lo que nos distingue es que trabajamos proyectos 360: acompañamos al cliente desde la idea inicial hasta la mudanza. Nos encargamos absolutamente de todo, desde el diseño y la conceptualización, hasta la construcción, la fabricación de mobiliario y la ambientación final.
¿Por qué decidiste ponerle The Indigo Interior?
Es curioso, porque cuando decidí abrir el despacho opté por no ponerle mi nombre, algo que va en contra de lo que suele hacerse en este medio. Muchos arquitectos o interioristas nombran sus estudios con su apellido, pero yo siempre quise crear un espacio de convergencia de talentos.
The Indigo Interior es eso: un lugar donde colaboran diseñadores, arquitectos, interioristas, diseñadores industriales, gráficos, textiles y de iluminación. Cada uno aporta una visión distinta.
El nombre “índigo” viene de esta idea del aura índigo, asociada con la comunicación y la conciliación. Para nosotros, eso es fundamental: ser un espacio donde las personas se sientan libres de expresar sus ideas y donde nosotros podamos traducirlas en algo tangible. Al final, The Indigo Interior es un espacio abierto para la creación y materialización de los sueños de nuestros clientes.

Tienen disciplinas muy distintas dentro del mismo proyecto. ¿Cómo logran una visión compartida?
Creo que tiene mucho que ver con la intención con la que nació el proyecto. Yo decidí abrir la empresa después de haber trabajado en distintos lugares donde no terminaba de encontrar un espacio con el que conectara realmente.
Cuando formamos equipo, buscamos que todos compartan ciertos pilares: entender el diseño desde un lugar mucho más humano y no únicamente estético.
Nos interesa profundamente conocer al cliente: sus decisiones, sus deseos, sus hábitos, incluso sus miedos. Porque al final, nosotros no vamos a vivir el espacio; quien lo habita es el cliente. Entonces, más que crear algo “de revista” o “instagrameable”, buscamos que el espacio sea un reflejo auténtico de quien lo vive.
¿Qué historia te interesa contar en un proyecto residencial?
Yo soy un poco enemigo del protagonismo del interiorista en los espacios residenciales. No me interesa imponer una narrativa propia.
Más bien, me veo como un portavoz. Tomo la historia del cliente, su vida, sus gustos, su forma de habitar, y la traduzco en un espacio. Es un ejercicio de storytelling, pero no desde mí, sino desde el otro.
Por eso, no me atribuiría el crédito de esas historias. Yo solo soy el medio para materializarlas.
¿Cuáles son los principales retos al traducir emociones en espacios?
Uno de los más grandes hoy en día es el ruido visual. Vivimos en una saturación constante de referencias: Pinterest, Instagram, redes sociales… Eso muchas veces abruma a los clientes y dificulta que tengan claridad sobre lo que realmente quieren.
Parte de nuestro trabajo es, incluso, ayudarles a filtrar todo ese ruido. Acompañarlos a reconectar con su esencia y descubrir qué es realmente suyo. A veces se vuelve casi un ejercicio terapéutico.
¿Cómo te gustaría que se sintiera alguien al habitar un espacio que diseñaste?
Como en un refugio. Creo que esa es la esencia de la arquitectura: ser un lugar de resguardo. Para mí lo más importante es que el espacio haga sentir seguro a quien lo habita.
Que se sienta abrazado, contenido, en calma.
¿Qué te gustaría que alguien recordara de un espacio tuyo con el paso del tiempo?
Cómo se sintió. Más allá de cómo se veía, lo importante es la experiencia: ese momento en el que te sentaste junto a una ventana, la luz entrando a cierta hora, la sensación de calma. Esas pequeñas memorias sensoriales son lo que realmente permanece.

¿Hay algún espacio que aún sueñes con diseñar?
Un museo. Definitivamente es uno de mis grandes objetivos.
Soy un gran amante del arte y creo profundamente que debería ser accesible para todos. Para mí, el arte tiene un poder casi terapéutico, incluso social.
Me interesan los museos que permiten observar con calma, que invitan a un recorrido pausado. No aquellos saturados, sino los que te acompañan y te permiten conectar realmente con cada pieza.
Tus proyectos dialogan mucho con materiales naturales. ¿Qué te atrae de ellos?
Los materiales naturales son, en sí mismos, perfectos.
Me interesa cómo evolucionan con el tiempo: cómo cambian de color, cómo envejecen, cómo reaccionan a la luz o la humedad. Son materiales vivos.
Eso hace que el espacio nunca sea estático, sino que esté en constante transformación, igual que quienes lo habitan.
¿Qué significa para ti materializar la visión de alguien más?
Es la razón por la que sigo haciendo esto.
Es un trabajo muy demandante y estresante, especialmente en proyectos residenciales, porque estás creando el hogar de alguien más. Hay una gran responsabilidad emocional.
Pero también es profundamente enriquecedor. Te permite conocer la intimidad de las personas: cómo viven, qué les gusta, cómo se relacionan con su espacio.
Cada cliente es un mundo distinto, y poder entrar en esos mundos, entenderlos y traducirlos, es lo que hace que todo valga la pena”.
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