En el mundo del espectáculo estamos acostumbrados a ver a Eiza González acaparar titulares por sus proyectos en Hollywood, sus alfombras rojas impecables y su vida sentimental siempre bajo la lupa. Pero esta vez el reflector mexicano también apunta hacia él: Grigor Dimitrov, un nombre que está pesando mucho en el mundo del tenis, y más ahora en el Abierto Mexicano Del Tenis.

Nació en Haskovo, Bulgaria, y su éxito en el deporte blanco no es de a gratis. Hijo de un entrenador de tenis y una exjugadora de voleibol, prácticamente creció entre canchas. Desde pequeño dejó claro que tenía una técnica refinada, y una presencia que mezcla disciplina con estrella internacional.
“Baby Federer” para muchos, durante años fue apodado de esa manera gracias a su estética de juego y a esa elegancia en la cancha que tanto lo caracteriza. Pero Dimitrov terminó construyendo su propio nombre. En 2017 tocó el punto más alto de su carrera al coronarse en las ATP Finals, cerrando la temporada como uno de los mejores del mundo y alcanzando el número 3 del ranking ATP. Ese año no solo consolidó su talento, confirmó que podía competir y ganar en la élite.
Su historial incluye semifinales en torneos grandes como Wimbledon, el Australian Open y el US Open. Además, levantó el trofeo del Cincinnati Masters, uno de los títulos más importantes de su carrera. No es un jugador de rachas virales, es un atleta constante, técnico y mentalmente fuerte.

¿Y qué es lo que destaca a Dimitrov?
A todos los tenistas hay algo que los delata. En el caso de Dimitrov definitivamente es la clase con la que se mueve, dentro y fuera de la cancha. Sobrio, medido, más enfocado en el juego que en el ruido. Pocas declaraciones explosivas, casi nada de escándalos.
Tal vez por eso su relación con Eiza González ha despertado tanta curiosidad. Es el cruce de dos universos igual de mediáticos, pero con ritmos muy distintos: el del silencio estratégico y el de los reflectores constantes. Ella, figura del cine global. Él, estrella del deporte internacional. Ambos acostumbrados a la presión pública, a las cámaras y a la narrativa constante que los medios construyen a su alrededor.

Si algo deja clara esta relación es que Dimitrov no es “el novio de”, y ella tampoco “la novia de”. Ninguno necesita del otro para tener visibilidad o relevancia pública. Él es uno de los deportistas más importantes en la historia de Bulgaria, un competidor que ha sabido levantarse tras lesiones, altibajos y expectativas enormes dentro del circuito internacional. Ella, por su parte, ha construido una carrera sólida y propia en la industria del entretenimiento global.
En tiempos donde las historias de pareja duran muy poco, la de Eiza y Grigor parece construirse con discreción y complicidad. Y mientras el romance sigue despertando curiosidad, él seguirá haciendo lo que mejor sabe: competir con estilo.
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