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Ana Amtmann: Capturando el segundo perfecto

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Hay fotógrafos que capturan imágenes y otros que capturan emociones. En el caso de Ana Amtmann, cada fotografía parece latir. Su trabajo combina intuición, paciencia y una sensibilidad profundamente personal que no solo observa la naturaleza, sino que la siente. Desde los leones en pleno clímax de movimiento hasta los elefantes que parecen tocarse con la mirada, sus fotos buscan una conexión genuina entre el espectador y el momento.

Tus fotos transmiten una fuerza impresionante. ¿Qué buscabas capturar en ellas?

Siempre he amado a los animales, especialmente a los elefantes. Ya había viajado a África antes, pero para esta exposición quería un nivel de cercanía distinto, casi íntimo. Para que una imagen conserve su fuerza, necesitas estar realmente cerca, sentir la respiración del animal, escuchar cómo pisa la tierra. No quería depender de recortes; quería que la foto naciera potente desde el origen.
Cuando por fin lo logré, sentí que podía tocar al elefante, como si compartiéramos un mismo espacio emocional. Es un trabajo que mezcla técnica, intuición y suerte: llegar antes que los demás, prever el movimiento, leer al animal. Ese momento en el que dices “aquí es” no se piensa, se siente en el cuerpo.

Muchos fotógrafos hablan del “instante decisivo”. ¿Cómo lo vives tú?

Para mí es un latido. Aunque haya diez fotógrafos a tu lado, llega un instante en el que todo se alinea: la luz, el movimiento, el silencio, el propio animal. Y en ese segundo dices: “Es ahora”. Yo siempre pruebo distintos ángulos y encuadres porque cada perspectiva narra algo distinto. No creo en quedarme con una sola toma; creo en construir posibilidades. La fotografía, en mi caso, es intuición pura: escuchar lo que la escena te está pidiendo.

¿Qué es lo más difícil de la fotografía de naturaleza?

La paciencia, sin duda. Hay que esperar: a que un animal cace, a que se acerque, a que la aurora boreal finalmente aparezca a las tres de la mañana. Y a veces no pasa.
También la perseverancia. Estar ahí antes de que amanezca, aguantar frío, viento, cansancio. Repetir. Intentarlo de nuevo.
Pero cuando algo sucede, cuando se alinean todos esos factores, sientes que el universo te regaló el momento perfecto. Y por esos momentos lo vale todo.

¿Qué significó para ti que National Geographic reconociera tu trabajo?

Fue una bomba emocional. Un sueño de niña hecho realidad. Ver mi fotografía impresa en una revista que ha formado mi mirada desde pequeña, no tengo palabras.
Hasta que abrí la revista, lo veía lejano. Y cuando me encontré ahí pensé: “Wow, esto realmente está pasando”. Es un honor enorme y también una responsabilidad: te hace querer crecer, explorar más, contar mejores historias.

¿Qué historias buscas contar a través de tus fotografías?

Me interesa contar la historia detrás del instante: el frío que sentí, la adrenalina, la calma tensa, la espera interminable. A veces la aurora boreal explota en colores y te quedas sin aliento; otras veces apenas se asoma y necesitas usar el encuadre para dirigir la mirada del espectador.
La cámara es una invitación: te permite decir “mira esto, siente esto conmigo”. Busco que la persona que vea la foto sienta que estuvo ahí, justo en ese segundo.

Si tu trabajo pudiera influir en una sola decisión sobre el planeta, ¿cuál sería?

Que cuidemos lo que tenemos. Que valoremos animales, ecosistemas y paisajes como algo irrepetible. Mucha gente asume que la naturaleza siempre estará ahí, que es infinita, pero no lo es.
Si una sola persona decide conservar, proteger o respetar más gracias a una de mis fotos, entonces mi trabajo ya cumplió su misión.

¿Qué te gustaría que sintiera alguien al ver una foto tuya?

Quiero que se conmueva. Que viaje. Que olvide por un momento donde está y entre en la escena conmigo.
Lo que más deseo es que sientan lo que yo sentí al disparar: asombro, respeto, humildad. Si mis imágenes logran mover emociones, inspirar curiosidad o despertar empatía, entonces siento que estoy aportando algo. Mi sueño es ese: mover al mundo a través de la fotografía.

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