En un mundo que va demasiado rápido, sentarse a la mesa puede convertirse en un acto de pausa, conexión y celebración. Justo desde ahí nace A Mesa Puesta, un proyecto creado por José Luis Castañeda y Víctor Manuel Romero, quienes decidieron transformar los manteles bordados en una forma de honrar sus raíces, compartir historias y rescatar oficios que merecen ser visibilizados. A través de diseños únicos y colaboraciones con bordadoras mexicanas, buscan demostrar que los objetos cotidianos también pueden estar cargados de amor, identidad y memoria.
¿Qué los inspiró a crear A Mesa Puesta?
La pandemia fue un momento en el que todos estábamos a la expectativa de qué iba a pasar. Muchos hicimos las paces con la cocina y con la mesa, porque no nos quedaba de otra. Tenía amigos que empezaron a cocinar, otros que ya sabían y volvieron a disfrutar ese tiempo en la mesa. Fue así como nació la idea, literalmente en la mesa de nuestra casa.
Queríamos resolver dos cosas: Ayudar a las mujeres que teníamos cerca para que no se quedaran sin trabajo, quitarnos el aburrimiento y hacer algo provechoso desde casa.
En esas sobremesas que cada vez se hacían más largas, surgió la idea de crear manteles. Veníamos de varios viajes con muchas inspiraciones en la cabeza. Víctor había trabajado mucho tiempo en moda y conocía bien el mundo textil, así que decidimos juntar esa experiencia con el bordado. Sabíamos que muchas generaciones lo veían como algo conservador, como “el mantel de la abuelita”, pero queríamos proponerlo en una forma más contemporánea para atraer también a nuevas generaciones.
Lo más satisfactorio es que funcionó y que la ayuda social se mantuvo como un pilar. Empezamos con dos o tres mujeres que sabían bordar. En México muchas saben, pero no siempre lo hacen como fuente de ingreso y, poco a poco, creció la red por recomendación de amigas, hermanas, primas y tías. Hoy tenemos alrededor de 32 bordadoras que trabajan 100% con nosotros.
Para muchas es un trabajo secundario que hacen en sus ratos libres, lo que les da un ingreso extra. Al inicio, les mandábamos el trabajo a casa para que no tuvieran que salir durante el encierro, pudiendo bordar mientras cuidaban a sus hijos o atendían su hogar. Para algunas era incluso terapéutico. Todavía trabajamos así: llevamos los encargos, ellas los terminan en casa y luego entregamos el pago. Esto ha permitido que mujeres mayores o con otras ocupaciones puedan participar. Cada vez que llega un nuevo proyecto, las mismas bordadoras ayudan a reclutar a más.
Así hemos creado una comunidad que se sostiene sobre dos pilares: la ayuda social y la creación, que no tiene límites para nosotros.
¿Al inicio dudaron si el proyecto funcionaría?
Al principio sí, sobre todo porque teníamos limitaciones para conseguir la materia prima. Desde el inicio tuvimos claro que queríamos rescatar el trabajo con texturas naturales, como se hacía antes, especialmente con lino. Hoy en día, mucha gente escucha la palabra “lino” y piensa en algo pasado de moda, almidonado, como el mantel de la abuelita. Pero para nosotros era importante mantener esa calidad y autenticidad, aunque en México fuera difícil encontrarla.
El reto fue colocar el proyecto tal como lo imaginábamos. Con el tiempo, y rascando mucho, fuimos encontrando proveedores, a veces gracias a amigos diseñadores que nos guiaban. Nosotros teníamos la creatividad, pero también debíamos responder a preguntas como: ¿quién lo va a bordar? y ¿cómo vamos a hacerlo realidad?
Algo que nos ayudó mucho fue nuestro “cuadro insignia”: una pintura de la mesa en la que nació A Mesa Puesta, rodeados de nuestras perritas y de largas conversaciones. Ahí ordenamos todas las ideas que surgían sin parar, porque durante la pandemia teníamos mucho tiempo para pensar.
Con el tiempo, aprendimos que cualquier reto se puede resolver. Nunca nos ponemos límites, a cualquier proyecto que nos llega, tratamos de decir “sí” y encontrar la manera de hacerlo. Así, todo ha crecido de forma orgánica, gracias a las personas que conocen nuestras piezas y aportan su granito de arena para que cada diseño sea perfecto. Incluso la parte de publicidad la hacemos buscando que la visión sea clara y accesible. Al final, todo se acomoda a través de la comunicación.
¿Cuáles han sido los principales retos como emprendedores?
Como todo reto emprendedor, al inicio da miedo, miedo de si el producto funcionará, más aún porque en México no existía algo como lo que proponíamos. Sí, había manteles y sí, había bordado, pero no encontrábamos esa combinación que nosotros queríamos.
Había dudas de si funcionaría o no, pero nos lanzamos. Era un negocio nacido en pandemia, como muchos otros, y lo estructuramos desde el inicio para funcionar perfectamente en línea. Si el mundo volvía a cerrar, no queríamos quedarnos con una renta imposible de pagar, con exceso de inventario o con sueldos que no pudiéramos cubrir.
Creo que la universidad no te enseña a ser emprendedor. Te da herramientas para llegar a una empresa y escalar dentro de ella, pero no para crear la tuya propia. Este ha sido uno de los mayores retos: aprender sobre la marcha, ponerle tiempo y energía, arriesgarse y ver todo desde cero, resolviendo juntos cada obstáculo que aparece.
¿Cuál fue su primera colección, su primera pieza y qué representó para ustedes?
Nuestra primera pieza nació con un mantel que ya teníamos en casa, un lienzo que usábamos y que decidimos intervenir. De ahí viene también el nombre A Mesa Puesta: nuestro primer mantel daba la sensación de que la mesa ya estaba lista, con platos, cubiertos, comida.
Ese mantel se llama “Marcelino” y está ilustrado con quesos, vino, copas, elementos que evocan el momento de sentarse a comer. El nombre del proyecto también juega con la expresión española “llegar a mesa puesta”, esa frase que las mamás nos dicen en tono de regaño cuando llegamos y todo ya está preparado sin haber ayudado en nada. En mi casa, al menos, después de esa frase siempre venía el: “¡por lo menos lávate las manos!”.
La idea era capturar ese momento en un mantel: que aunque los platos cubran parte del diseño, cuando se retiran aparezcan elementos que inviten a la conversación. Para nosotros, una buena sobremesa es un regalo de tiempo para quienes queremos. Y dedicar tiempo a montar una mesa, cocinar y cuidar los detalles para tus comensales es, en nuestra opinión, tan importante como la comida misma.
¿Cómo nace el proceso creativo de sus colecciones?
Literalmente, buscamos inspiración por todos lados: en arte, museos, viajes, cuadros que tenemos en casa, pero siempre cuidando que los diseños se entiendan claramente al bordarlos. Por ejemplo, si bordamos un pulpo, debe reconocerse de inmediato por sus tentáculos, sin necesidad de explicarlo.
Al principio hacíamos cosas que nos gustaban, pero que a veces no se entendían tanto. Ahora trabajamos de forma más estructurada: una vez que elegimos la idea, nuestro departamento de diseño la convierte en vector, se imprime en plotter al tamaño del mantel y se calca a mano sobre el lino.
Después seleccionamos los hilos y colores, esa es la parte más divertida, pensando en la armonía entre mantel y servilletas. Finalmente, las bordadoras siguen el trazo, y la pieza terminada pasa por un proceso de desinfección y planchado antes de llegar a la tienda. Todo es artesanal y muy cuidado.

¿Qué buscan transmitir con cada pieza?
Sobre todo, que la gente se sienta a gusto y que la mesa genere conversación. Muchas veces, cuando se termina de comer y los platos se levantan, queda el bordado a la vista y comienza una nueva charla: “Mira este pescadito”. Incluso los niños se involucran.
Lo más bonito es que las personas conectan con los manteles por un recuerdo o una emoción. Nosotros creamos una historia con cada diseño, pero al final cada cliente termina construyendo su propia historia con ese mantel. Esa conexión personal es lo que hace que cada pieza sea especial.
¿Cómo utilizan sus diseños para generar conversación en la mesa?
Nos gusta que cada diseño tenga un elemento que despierte curiosidad. Por ejemplo, el mantel de sardinas, todas van en una misma dirección, pero hay una que va a contracorriente de otro color. Eso siempre provoca que alguien pregunte por qué una nada diferente. Otro ejemplo es el mantel Mute, muy clásico y conservador en su bordado, pero con un teléfono que dice “mute”. Este último ha sido un éxito entre mamás, porque conecta con su día a día.
¿Hacen piezas personalizadas?
Sí, y nos encanta. Uno de los proyectos que más nos emociona son los regalos para bodas. Bordamos frases, la fecha y el lugar donde se casan, adaptados a la mesa del nuevo hogar. Aunque después cambien de casa o de mesa, esa pieza se convierte en un recuerdo que pueden guardar para toda la vida e incluso heredar, como la ropa de bebé que las mamás conservan.
Para el Día de la Madre, tomamos dibujos que los niños hacen, esos que los padres suelen pegar en el refrigerador y los hemos replicado en manteles individuales. Las familias nos enviaban fotos de la reacción al ver el bordado, y eso nos llenaba de ilusión.
¿Qué valores son fundamentales para ustedes?
Víctor: Para mí, preservar la identidad es esencial. No fue casualidad dedicarme al mundo de la moda: soy licenciado en Historia del Arte, pero toda mi vida he trabajado en moda. Desde niño veía a mi abuela, que era sastre, y a mi padre, que también borda. Bordar es para mí una manera de continuar ese legado, manteniendo valores que hoy parecen perderse, como la familia, el respeto y el regalar tiempo a los demás.
José Luis: Para mí, otro valor clave es la comunidad. No solo en el producto final, sino también como negocio. Hemos hecho sinergias con amigos y colegas que tienen otros proyectos, invitándolos a nuestra tienda y colaborando juntos. Por ejemplo, marcas amigas que desde el inicio vendieron nuestras piezas ahora exponen en nuestro espacio, y otros tres amigos se sumarán en los próximos meses. También trabajamos con bordadoras de distintas comunidades, y cuando llega un pedido grande lo vemos como un “happy problem” porque significa dar más trabajo.
Creo que esos dos valores, identidad y comunidad, han estado presentes desde el día uno y no solo se han mantenido, sino que han crecido.
¿Y cuál ha sido el mejor consejo que les han dado?
A lo largo del camino, todo el mundo te da consejos, pero uno debe quedarse con los que realmente le sirven.
En nuestro caso, más que un consejo recibido, nos gusta dar uno a los nuevos emprendedores: quítense el miedo y láncense. No siempre se necesitan todos los recursos; a veces solo hacen falta las ganas y la determinación.
José Luis: Yo, por ejemplo, me hubiera gustado confiar antes en mi creatividad y atreverme a empezar desde cero. A lo mejor sale bien, a lo mejor no, pero si no lo intentas, nunca lo sabrás.
¿Qué significa para ustedes el éxito en este proyecto?
Para nosotros, el éxito no llega por casualidad. Trabajamos mucho, estamos siempre presentes en el proyecto, no delegamos por completo y casi no tomamos vacaciones. Creemos que nuestro compromiso diario se refleja en quienes colaboran con nosotros y en el resultado final. Si un día el proyecto no funcionara, al menos nos quedaríamos con la certeza de que le dimos todo.
Víctor Manuel: Estamos muy felices de cómo ha crecido A Mesa Puesta y de que siga creciendo. Nuestro objetivo es seguir poniendo todo nuestro esfuerzo para que continúe su camino y, en el futuro, tal vez enfocarnos en otros proyectos que mantengan la misma esencia, ADN e identidad, porque es algo que nos gusta y sentimos que sabemos hacer.
José Luis: El éxito, para mí, es despertarte, incluso un domingo y emocionarte por ir a la tienda, ver a tus clientes y reconocer a quienes vuelven a comprarte. Por ejemplo, cuando una clienta te compra por tercera vez un mantel y luego te escribe que sus invitados quedaron encantados, ahí es cuando dices: “Algo estoy haciendo bien”.
También es gratificante sentir el apoyo del cliente. Como forma de agradecer, solemos enviarles un playlist junto con la compra para que puedan usarlo en sus reuniones. Nos gusta estar presentes en todos los procesos: la parte creativa, la promoción y la colaboración con las compañeras que venden. Disfrutamos asesorar, vender y vivir cada etapa del proyecto.
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