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Fotoautomat: el regreso de la fotografía análoga a México 

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Hay historias que comienzan con una simple pregunta. Para Mar Colina fue preguntarse por qué, después de conocer una cabina fotográfica análoga durante un viaje, ya no encontraba máquinas como esa en Ciudad de México. Lo que empezó como curiosidad terminó convirtiéndose en una búsqueda que la llevó hasta Suecia y, eventualmente, a traer una de estas cabinas a México.

El camino para que Lupita llegara a funcionar estuvo lejos de ser sencillo. Después de encontrar la máquina, Mar tuvo que enfrentarse a un proceso de importación complicado, conseguir la manera de trasladar una cabina de cientos de kilos y, una vez en México, verla sufrir daños durante su llegada. A partir de ahí comenzó otra etapa: entender su funcionamiento, encontrar piezas, buscar a personas que conservaran el conocimiento sobre estas máquinas y aprender de una comunidad internacional dedicada a mantener viva la fotografía análoga.

Cuando finalmente consiguió que Lupita volviera a tomar fotografías, la emoción fue mucho más grande de lo que había imaginado. Después de meses de trabajo, ver salir aquella primera tira de fotografías convirtió una idea que parecía difícil de realizar en algo tangible.

Hoy, Lupita ofrece una experiencia distinta frente a la fotografía digital: no hay pantalla que revisar ni posibilidad de repetir inmediatamente la imagen. Hay que entrar, compartir el momento y esperar para descubrir cómo quedó. A través de esta cabina, Mar ha encontrado una manera de recuperar no solo una forma de hacer fotografías, sino también una manera diferente de vivirlas.

¿Cómo comenzó tu historia con las cabinas fotográficas análogas?

Yo siempre había tenido mucho interés por la fotografía, pero nunca había llegado a conocer realmente las cabinas fotográficas análogas. En España, donde crecí, habían existido, pero cuando yo era pequeña ya prácticamente habían desaparecido.

En uno de mis viajes hice escala en Nueva York y vi una cabina que se llama Old Friend, que es bastante conocida. Entré sin saber muy bien qué esperar; pensé que sería una cabina digital, pero cuando vi que era análoga me encantó.

Después empecé a investigar y descubrí que en Nueva York había más de 30 cabinas de este tipo. Me llamó muchísimo la atención que existiera toda una comunidad alrededor de ellas y que, en cambio, no hubiera ninguna en Ciudad de México.

Entonces pensé: “¿Por qué no intentar llevar una a México?”.

¿Qué descubriste al investigar sobre las cabinas que habían existido en México?

Empecé a investigar porque quería encontrar un registro visual de las cabinas que habían existido aquí. Sabía que en algún momento estuvieron en lugares como estaciones de metro, centros comerciales y supermercados, pero me costó mucho encontrar fotografías.

Incluso fui al archivo fotográfico de la Ciudad de México buscando imágenes de esas cabinas. Todavía no he encontrado una fotografía que documente claramente alguna de ellas, pero sí ha llegado mucha gente a contarme historias y a traerme fotos que tenía de sus familias.

Una chica, por ejemplo, vino con su mamá para repetir una fotografía que tenían de cuando era pequeña. También he conocido personas que tenían recuerdos de estas cabinas con sus padres.

Y descubrí algo que me pareció todavía más interesante: en algún momento llegaron a existir cabinas análogas a color en Ciudad de México.

¿En qué momento decidiste que querías traer una cabina a México?

Por una situación personal y después de un periodo complicado de salud, regresé a España. Estando allá, mientras pensaba qué quería hacer con mi vida y sabiendo que quería volver a México, pensé: “¿Por qué no intento traer una cabina de estas?”.

Empecé a buscar por todas partes: Estados Unidos, Corea, distintos lugares de Europa… sin tener realmente idea de cómo funcionaban por dentro. Nunca había visto una de estas cabinas desmontada.

Finalmente encontré una en Suecia. Fui bastante insistente con las personas que la tenían y, por alguna razón, decidieron vendérmela. Hoy incluso quiero comprar otra y ya no me venden cabinas, así que creo que simplemente se dio en el momento correcto.

¿Cómo fue traerla hasta México?

Una vez que conseguí la cabina, regresé a México y empezó otra aventura. Nadie quería importarla. Me decían que no valía la pena, que era demasiado complicado y que iba a costar muchísimo.

La cabina pesaba alrededor de 600 kilos y, además, yo no tenía un lugar donde recibirla ni sabía realmente cómo íbamos a ponerla en funcionamiento.

Después de todo el proceso de importación, tardó alrededor de dos meses en llegar. Cuando finalmente llegó, yo no me lo podía creer.

Cuando finalmente pudimos abrirla, descubrimos que había sufrido muchos daños. Se rompieron muchísimas cosas: la instalación, los flashes, algunas piezas… pero, por suerte, la cámara sobrevivió.

La verdad es que, si la cámara se hubiera roto, no sé qué habríamos hecho. No sabía si podríamos encontrar otra igual ni si hubiera sido posible reemplazarla.

Pero al final sobrevivió, y eso fue casi milagroso.

¿Cómo fue el proceso de volverla a poner en funcionamiento?

Fue un proceso constante de prueba y error. Prueba, error, volver a probar y volver a equivocarnos.

Cuando llegó, no sabíamos prácticamente nada. Tampoco conocíamos a nadie que pudiera ayudarnos directamente con una cabina de este tipo.

Afortunadamente existe una comunidad internacional muy apasionada por la fotografía análoga. Hay personas en Londres, Ámsterdam, Nueva York y otros lugares que llevan 15 o 20 años restaurando estas máquinas, investigando cómo funcionan y recuperando conocimientos que se habían perdido.

Empecé a contactar a personas de esa comunidad. Incluso cuando algo se estropea ahora, puedo preguntar a alguien en Canadá, Chicago, Nueva York o Europa. Hay piezas que son muy específicas y que no necesariamente existen en México, así que seguimos aprendiendo y buscando soluciones.

También hemos empezado a trabajar con piezas que se pueden fabricar aquí y con otras que pueden hacerse mediante impresión 3D o procesos de fabricación especializados.

¿Y qué pasó con la cámara cuando finalmente empezó a funcionar?

Las primeras pruebas fueron emocionantes porque no sabíamos si realmente iba a funcionar.

Cuando llegaron las primeras tiras de fotografías, había varias personas alrededor, fotógrafos y gente que nos había ayudado durante el proceso, y nadie podía creer que finalmente habían salido las fotos.

Fue una mezcla de felicidad e incredulidad.

Era una emoción muy grande porque había pasado muchísimo tiempo pensando que quizá nunca iba a funcionar.

Puede parecer algo muy sencillo,“son unas fotos”, pero detrás había muchísimo trabajo y muchísima ilusión. Además, yo quería que Ciudad de México volviera a tener una cabina análoga porque creo que es una ciudad perfecta para ello.

Hay una comunidad creativa enorme, fotógrafos, artistas y personas que aman la fotografía. Sentía que tenía que existir aquí.

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¿Qué significa para ti que Lupita sea una cabina completamente análoga?

Hay algo muy especial en que no tengas una pantalla frente a ti. No estás viendo la fotografía inmediatamente ni revisando cómo salió. En ese momento simplemente estás ahí.

Creo que eso hace que la experiencia sea diferente. Estás más presente, estás con la persona que tienes al lado y simplemente dejas que suceda.

Y después llega la sorpresa de ver cómo quedó la fotografía.

¿Qué ha sido lo más difícil de mantener una máquina así?

Que muchas veces las cosas están fuera de nuestro control.

Puede fallar una pieza mecánica, puede salir una fotografía diferente a lo esperado o puede haber algún problema con los químicos. Y, como es una máquina tan específica, no siempre existe una solución inmediata.

Por eso ha sido tan importante rodearnos de personas que saben del tema y de esta comunidad internacional. Hay gente que ha dedicado muchísimos años a conservar este conocimiento y que está dispuesta a ayudar.

¿Qué es lo que más disfrutas de haberla traído a México?

La gente.

Me han escrito personas que han venido desde otros países, gente de Chile, Colombia, Costa Rica y otros lugares de Latinoamérica. Como no hay muchas cabinas de este tipo, hay personas que incluso organizan un viaje a México y aprovechan para venir a conocerla.

También me han escrito personas que venían embarazadas, personas que vienen con sus familias o que quieren repetir una fotografía que tenían de hace años.

“Eso es lo que más me gusta: ver que la cabina se convierte en parte de un recuerdo de alguien”.

También hay gente de otros países que ahora quiere abrir su propia cabina. Incluso personas que vienen a México específicamente por la experiencia.

¿Qué has aprendido de este camino de emprender?

Todavía me considero una principiante. La cabina lleva abierta unos seis meses, así que sigo aprendiendo sobre la marcha.

Pero algo que he aprendido es que puedes tener una idea y una visión muy claras, y eso es fundamental, pero después necesitas rodearte de gente que te ayude a convertir esa visión en realidad.

Aquí me han ayudado muchísimas personas. Ha sido un trabajo de equipo.

También creo que hay momentos en la vida en los que las circunstancias se alinean. Yo había estudiado fotografía, siempre me ha gustado la fotografía, el arte, los viajes… y es curioso cómo de repente aparece una oportunidad y todo encaja.

En algún momento simplemente pensé: “¿Por qué no?”. Y me lancé porque no sentía que tuviera nada que perder.

Me agarré a ese sueño y, hasta ahora, ha salido bien.

¿Qué representa Lupita en tu vida?

Es como un hijo. O incluso como una mascota.

Estoy pendiente de ella, de que tenga sus químicos, de que funcione bien… El técnico viene todas las mañanas y estamos constantemente revisando que todo esté en orden.

Ha sido una aventura enorme y le tengo muchísimo cariño.

¿Por qué decidiste llamarla Lupita?

El nombre también tiene que ver con mi madre. Cuando le conté la idea, empezamos a pensar en cómo llamarla.

Las cabinas normalmente tienen nombres femeninos y, además, hay una tradición entre quienes tienen estas máquinas de ponerles nombres.

A mí me gustaba que tuviera un nombre que se sintiera mexicano. Y Lupita tiene algo muy entrañable, muy cercano y muy presente en México.

Además, la gente la adoptó muy rápido. Me sorprende que ya no me pregunten simplemente cuándo está abierta la cabina, sino “¿cuándo va a estar abierta Lupita?”.

Siento que la gente la ha hecho suya y eso me encanta.

Después de todo lo que pasó para traerla, ¿qué sientes cuando ves que Lupita finalmente está aquí?

Siento mucha gratitud.

La vida me puso muchísimas trabas desde que tuve la idea hasta que finalmente salió la primera fotografía. Pero también apareció mucha gente que ayudó a que sucediera.

Creo que, si la cámara se hubiera roto o si alguna de las cosas que podían salir mal hubiera sucedido de otra manera, probablemente alguien de esta comunidad internacional habría encontrado una solución.

Eso es lo bonito de esta comunidad: hay personas alrededor del mundo que comparten la misma pasión y que están dispuestas a ayudarse.

Y ahora me hace muchísima ilusión pensar en todo lo que viene. Me encanta imaginar todas las historias que todavía van a pasar dentro de Lupita.

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