En un momento en que el arte contemporáneo busca nuevas formas de producción y colaboración, el universo que rodea a Mono Rojo continúa expandiéndose. Más que un taller o una galería convencional, el proyecto funciona como un espacio de donde la cerámica se convierte en punto de partida para explorar ideas, materiales y procesos colectivos.

El origen de este ecosistema creativo se encuentra en el Taller Mono Rojo, fundado por el artista Olmo Aguirre, quien durante más de una década ha desarrollado un espacio dedicado a la producción cerámica y al intercambio entre artistas de distintas disciplinas. Con el tiempo, ese taller se transformó en una plataforma que hoy reúne a creadores interesados en explorar la cerámica más allá de su dimensión utilitaria.
El proyecto de exhibición surge como una extensión natural de ese proceso. En él circulan obras producidas por los artistas del taller y por creadores invitados, en medios que van desde la cerámica hasta la pintura o la ebanistería.
En esta etapa, la colaboración con Jimena Antúnez ha sido clave para consolidar la dimensión pública del proyecto. Arquitecta de formación y fundadora de Artesano Casa, Jimena llevaba tiempo interesada en el trabajo del taller antes de integrarse al proyecto.

“Yo estudié arquitectura. Antes de esto tengo un proyecto que se llama Artesano Casa, donde trabajamos con artesanas de todo México”, explica. “Yo ya era fan de Mono Rojo desde hace años. Cada vez que había piezas nuevas me hablaban y yo iba a comprarlas”.
Ese interés fue el punto de partida de una relación que con el tiempo se transformó en una colaboración más cercana.
“Todo fue muy orgánico”, recuerda . “Empezamos a hacer exposiciones y nos fuimos enamorando del proyecto”.
Dentro del equipo, las funciones de cada uno se han ido definiendo de manera natural. Jimena se encarga principalmente de la organización de exposiciones, la relación con el público y la dimensión de gestión del proyecto.

Olmo, por su parte, continúa liderando la dimensión artística del proyecto y la dinámica del taller, donde trabajan varios artistas que producen en diálogo constante.
“Me toca gestionar mucho la producción y la energía dentro del taller para que todos los artistas logren contribuir a esta idea de producción colectiva”, explica. “No está esta imagen del individuo como el maestro, sino la colectividad como una fuente creativa”.
Actualmente el proyecto reúne a una comunidad de artistas que colaboran desde distintas disciplinas. Algunos forman parte del taller desde hace años, mientras que otros participan en residencias o proyectos temporales.

“Hay gente que lleva mucho tiempo trabajando conmigo y también estamos abiertos a recibir nuevos artistas que quieran participar en un proyecto de esta naturaleza”, nos platica Olmo.
Dentro de este entorno colaborativo, la cerámica ocupa un lugar central, aunque no necesariamente desde su función tradicional.
“La cerámica como soporte es un medio fascinante”, explica OImo. “Es prácticamente infinito en sus posibilidades. Hay una dimensión escultórica que nos interesa desarrollar porque queremos escapar de este mundo utilitario en el que muchas veces queda atrapada”.
Esa intención se refleja especialmente en las exposiciones más recientes, donde el proyecto ha comenzado a explorar piezas de mayor escala y carácter escultórico.
“En esta expo quisimos hacer cosas más escultóricas”, explica Jimena. “Por ejemplo, los chacuacos gigantes. No son un florero tradicional; tienen agujeros para que puedas ver lo que hay dentro. Cumplen con esta idea de algo escultórico que existe para ser apreciado”.

El proyecto también ha abierto la puerta a combinaciones inesperadas entre materiales.
“Algo que hemos aprendido muchísimo desde la exposición pasada es la mezcla de materiales”, nos platica Jimena “La carpintería con la cerámica, el concreto con la cerámica… esa mezcla entre arte y objeto ha sido un descubrimiento increíble”.
En el taller, el proceso de producción también implica aceptar la naturaleza impredecible del material. Cada quema en el horno transforma las piezas y revela resultados inesperados.
“Cada vez que abrimos el horno hay algo que no esperábamos”, dice Aguirre. “El color, la forma, la fuerza del material… siempre hay una sorpresa. Es parte de lo que hace que el proceso sea tan interesante”.

Más allá de las piezas individuales, Mono Rojo busca consolidarse como un espacio donde los artistas puedan dialogar, experimentar y crecer colectivamente.
“Hay una intención de rebasar los límites personales a través de procesos de producción compartidos”, reflexiona Olmo “Eso acelera muchísimo los hallazgos y el aprendizaje”. Para él, uno de los aspectos más sorprendentes del proyecto ha sido precisamente esa energía colectiva.
“Lo que más me ha sorprendido es ver la magia que sucede cuando todos trabajan juntos”, dice. “Todo ha sido muy orgánico y ver los resultados del proceso ha sido increíble”.

Con nuevas exposiciones en puerta y la intención de abrir espacio a otras disciplinas como la pintura, el video o el audio, el proyecto continúa evolucionando.
Más que un taller o una galería, Mono Rojo se ha convertido en un punto de encuentro donde la cerámica funciona como un lenguaje común para imaginar nuevas posibilidades dentro del arte contemporáneo.
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