Durante la última década, Gaz Alazraki se ha convertido en una de las voces más influyentes de la comedia mexicana. Con Nosotros los Nobles, que redefinió lo que una comedia comercial podía lograr en taquilla, y después con Club de Cuervos, una serie que ayudó a abrir el camino para las producciones mexicanas en el streaming global, su trabajo ha marcado un momento muy particular en la forma en que México cuenta historias de humor. Por eso, cuando apareció la posibilidad de adaptar The Office para una audiencia mexicana, su participación parecía casi inevitable.
Para Gaz Alazraki, el objetivo nunca fue replicar una serie icónica, sino algo más complejo: hacer que la historia se sintiera verdaderamente mexicana.

“Los derechos estaban disponibles y el productor que los tenía nos buscó”, recuerda. “Nos dijeron que ya no querían volver a adaptar los mismos guiones ni repetir los chistes clásicos. Querían una versión nueva”.
Para el director, el punto de entrada fue algo que conoce bien: la cultura laboral mexicana.
“Siempre he sentido que en México las empresas funcionan de una forma muy particular”, explica. “Muchos negocios son familiares, pequeños o medianos. No es el típico lugar al que entras pensando que vas a escalar hasta ser CEO”.
A partir de esa idea, llegaron con una propuesta clara: que la versión mexicana fuera un negocio familiar dedicado a vender jabones. “Nuestra versión sería un negocio familiar, un negocio de jabones”, explica Alazraki, un guiño que también conecta con Club de Cuervos, donde existía una referencia similar. “Tenía sentido continuar ese running joke”.
En ese tipo de espacios, las relaciones personales terminan mezclándose con el trabajo. Y ahí es donde aparece la comedia. “Las oficinas son un fenómeno muy curioso”, dice. “Hay gente con la que convives más que con tu propia familia. Tus compañeros terminan sabiendo todo de tu vida”.
Aunque la serie debía sentirse distinta, había algunos elementos del formato original que Alazraki sabía que no podían desaparecer. “El formato mockumentary tenía que quedarse”, dice. “También la idea central: una historia de amor que ocurre debajo del peor jefe del mundo”.
Una de las decisiones más claras durante el desarrollo fue evitar algo que suele ser común en muchas comedias televisivas: perseguir la risa a toda costa. “Había algo que sí quería quitar”, dice. “El intento constante de provocar carcajadas”. En lugar de eso, Alazraki quiso acercarse más a un tipo de humor incómodo, más cercano al espíritu de la versión británica de la serie. Ese tipo de comedia donde la risa aparece precisamente porque la situación resulta familiar.
Encontrar al jefe
Si hubo un momento realmente complicado en el proceso, fue encontrar al actor que interpretaría al jefe de la oficina. “Empezar la serie sin saber quién iba a ser el protagonista fue lo más difícil”, admite.
El equipo terminó audicionando a más de 1,300 actores. Cuando finalmente apareció el nombre de Fernando Bonilla, todo cambió.
“Fue un regalo del cielo”, dice Gaz. “Es un comediante de otro calibre”.
La elección era crucial, porque ese personaje termina definiendo el tono completo de la serie. Dependiendo de quién lo interprete, la historia puede sentirse cruel, absurda o incluso cercana.
Una oficina que realmente existe
Más allá del casting, el director quiso que el mundo de la serie se sintiera lo más real posible. En lugar de crear un simple set, el equipo construyó una oficina completamente funcional.
“Los teléfonos funcionaban, las computadoras tenían internet, todo estaba conectado”, explica.
Los actores podían trabajar en sus escritorios, enviar mensajes entre ellos, comer en el espacio y pasar horas ahí, incluso cuando la cámara no estaba enfocada en ellos. “Cuando llegaban al set, no parecía que estaban actuando”, dice. “Parecía que realmente trabajaban ahí”.
Ese detalle terminó transformando la energía de la serie. Porque cuando el entorno se siente real, las interacciones también lo son.
El guion siempre fue el punto de partida, pero una vez que las escenas estaban grabadas, el elenco tenía libertad para improvisar. “Primero hacíamos la escena como estaba escrita”, explica. “Y después empezábamos a jugar”.
Ese proceso permitió que cada actor construyera su personaje desde dentro. Muchos desarrollaron detalles que ni siquiera necesariamente aparecerían en pantalla: gustos, obsesiones, historias personales.
Todo eso ayudó a que la oficina se sintiera más orgánica. “Terminas con comediantes y actores dramáticos trabajando juntos”, dice Alazraki. “Y esa mezcla hace que todo se sienta muy vivo”.
Cuando se le pregunta qué le gustaría que ocurra cuando el público vea la serie por primera vez, Gaz Alazraki no habla de ratings ni de números. Su respuesta es mucho más simple.
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