La cuenta atrás ya ha empezado.
A solo un día de los Premios Goya, el cine español contiene la respiración y Barcelona se transforma en un gran escenario a cielo abierto. La gala se celebrará en el Centro de Convenciones Internacional, pero desde días antes la ciudad vive su propia película: carteles, exposiciones y actividades especiales convierten las calles en una antesala de la gran noche.
En la sede de la Academia y en los alrededores del auditorio, el ritmo es frenético.
Técnicos ultimando luces, cámaras que se prueban una y otra vez y equipos que ensayan cada movimiento casi al milímetro. Todo tiene que salir perfecto, porque cuando empiece la gala ya no habrá marcha atrás. Son horas de llamadas, acreditaciones, cambios de última hora y repasos constantes del guion.
Para los nominados, el día previo es casi un ritual.
Es el momento de las últimas pruebas de vestuario, de ajustar trajes y vestidos al detalle y de decidir —a veces en el último minuto— los zapatos o las joyas. También es el día de las entrevistas rápidas, de los posados improvisados y de ese cosquilleo inevitable de quien sabe que mañana podría subir al escenario a recoger un premio… o quedarse a las puertas.
Muchos confiesan que intentan mantener la calma: algunos salen a pasear, otros quedan con compañeros de profesión y no falta quien repasa en secreto un posible discurso por si acaso su nombre suena en el sobre. Porque aunque intenten disimular, los nervios están ahí.
Y mientras tanto, la ciudad observa.
A las puertas de los hoteles y del recinto empiezan a reunirse curiosos y fans atentos a cualquier llegada.
Porque el día antes de los Goya no es solo la preparación de una gala: es ese instante suspendido entre los nervios y la ilusión. La calma antes de los focos, el ensayo antes del aplauso… justo antes de que el cine español viva su gran noche.
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