Desde pequeña, Karen Dayan entendió que las joyas podían ser mucho más que un objeto bonito: podían ser símbolos, memorias y energía hecha materia. Hoy, esa intuición se convierte en Casa Theia, una marca que propone una joyería íntima y contemporánea donde cada pieza es un mensaje oculto, un fragmento de historia personal tallado en gemas.

¿Qué te inspiró a crear Casa Theia?
La verdad es que soy muy amante de la joyería desde que era chica. Casi desde que tengo conciencia recuerdo pedir joyas como regalo; mientras mis hermanos pedían juguetes, bolsas o maquillaje, yo pedía joyas. Siempre ha sido algo muy mío.
Hace un par de años estudié gemología en el Instituto de Gemología por pasión, por amor a las piedras. Siempre tuve esa espinita de hacer algo relacionado con la joyería. Me encanta el color, las piedras y todo lo que proviene de la naturaleza. Tenía muy claro que algún día iba a hacer una joyería, pero no quería crear “una marca más”. Sabía que, hasta que no tuviera un concepto sólido, distinto y con algo nuevo que aportar, no iba a lanzarme.
¿Cómo surgió la idea?
La idea surgió pensando en el diseño, en las cajas, en crear mensajes ocultos y de pronto dije: ¿y si llevo el concepto del código Morse a las piedras?
Ahí supe que tenía un concepto creativo e innovador que no había visto en ninguna parte. Entonces hice mis primeros tres anillos con mis iniciales y me encantaron. Las personas que los veían querían uno y así empecé. Es un proyecto muy nuevo, pero el concepto nació desde el inicio muy claro.
Hoy tengo dos colecciones. Palabras del Jardín y Palabras Invisibles. La idea es crear un lenguaje oculto, que cada joya sea un tesoro íntimo: quizá un secreto para el mundo, pero profundamente personal para quien la lleva. Las piezas están esculpidas en puntos y rayas, en piedras corte diamante o corte esmeralda, para decir lo que uno quiere decir: un “te amo”, un “te quiero” o un mensaje que solo tú conoces.
La estética también era fundamental. Las piezas tienen que gustarte aunque no sepas lo que dicen. Empecé con diamantes y ahora ya incorporé color: rubíes, esmeraldas, zafiros, espinelas, topacios. Me encanta la energía de cada gema. Soy diseñadora de profesión, tengo “El Color de la Artesana“, y siempre he tenido una fascinación por el color. Ahí siento que ese universo dialoga: aquellas piezas son de México para el mundo; y estas, de alguna forma, son del mundo hacia México.

¿Por qué decidiste llamarla Casa Theia?
Siempre he sido muy amante de la cultura griega. Si me preguntaran en qué cultura me hubiese gustado vivir, probablemente sería esa. Siempre he estado cercana a textos y estudios culturales de Grecia.
Theia es la diosa del resplandor, del brillo, de la joyería. Me encantó. Le agregué “Casa” porque suena a atelier: algo especial, boutique, hecho a la medida. No solo una diosa, sino un espacio de creación. La verdad es que me tardé más en encontrar el nombre que en llegar al concepto creativo, pero cuando lo encontré dije: “es este”, y lo registré de inmediato.
¿Tienes alguna pieza con un mensaje personal tuyo?
Sí. Le hice un anillo y un collar a mi mamá con las tres letras de sus hijas, y otro collar con piedras más pequeñas para representar a todos sus nietos. Han sido de las piezas más personales que he creado.
También hice una palabra en japonés que representa el amor incondicional. No habla de un padre, madre o pareja; habla de ese sentimiento universal de saber que alguien te ama de forma absoluta.
Me encanta cuando la gente busca palabras que no se pueden traducir tal cual, porque dicen más que el significado literal.

¿Qué te gustaría que las personas sintieran al tener una pieza de Casa Theia?
Me gustaría que sintieran que tienen algo eterno. Una obra de arte estética e intelectual. Que sea una pieza profundamente personal, con emoción, que les haga brillar.
Creo que la joyería tiene ese poder: te pones color y te cambia la cara; estás triste, te arreglas un poco y sales distinta. Quisiera que mis piezas recordaran el mensaje que llevan y, a la vez, te dieran energía. Que pinten tu piel y te hagan sentir mejor. Que encuentres tu belleza interna a través de ellas.
¿Cómo imaginas la evolución de Casa Theia?
Te soy sincera, en este proyecto me he dejado llevar por la vida. Yo normalmente soy súper estructurada, perfeccionista, quiero tener todo listo antes de lanzar algo. Pero esta vez decidí soltar. Hacerlo aunque no estuviera todo perfecto. Ir viendo cómo se acomoda.
No es falta de estructura; es apertura. Claro que hay un enfoque y una esencia clara, pero estoy permitiendo que este proyecto crezca de manera más orgánica. Crear me da vida, y cuando me pongo demasiado rígida me encierro. Casa Theia nació del caos creativo, no del orden.
Pero más allá de hacia dónde quiero llevarla yo, quiero ver hacia dónde me lleva ella.
¿Dirías que este proyecto te está enseñando otra forma de vivir el emprendimiento?
Totalmente. Ha sido un aprendizaje personal. Muchas veces quieres tener todo perfecto y si no, no haces nada. Pero es al revés: hazlo, da el primer paso, y luego volarás. Si te quedas pensando en “¿y si me caigo?” nunca avanzas.
Ya tenía bases de otros emprendimientos, así que ahora voy con menos miedo. Siempre digo: que el miedo no te frene. Si hay estructura, lo demás se va acomodando.
¿Qué te gustaría que la gente pensara cuando escuche “Casa Theia”?
Me gustaría que lo relacionaran con amor, disfrute, alegría. Que sepan que están llevando un pedacito de la tierra, de la naturaleza. Yo paso horas viendo gemas, marcas, diseñadores; me emocionan y me ponen de buenas. Quisiera que mi marca provocara lo mismo.
Que la gente sepa que puede grabar mensajes íntimos, como quien se tatúa algo personal, pero de manera más sutil y eterna.
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