Durante años, la vida profesional de Aislinn Derbez estuvo marcada por interpretar historias escritas por otros. Actuar ha sido su territorio natural, un espacio que —como ella misma dice— ama profundamente. Sin embargo, con el paso del tiempo comenzó a surgir una inquietud distinta: la necesidad de tener un lugar donde pudiera hablar desde sí misma y no desde un personaje.

“La necesidad siempre estuvo ahí —lo que tardó en llegar fue el permiso”, explica. “Durante años aprendí a habitar voces que no eran mías, y eso tiene un costo que no notas de inmediato”.
Esa búsqueda personal fue lo que terminó dando forma a La magia del caos, su podcast, un espacio donde la conversación se vuelve el centro y donde las preguntas, más que las respuestas, marcan el ritmo. Para Aislinn, el proyecto nació de una necesidad muy clara: explorar sus propios procesos y compartir reflexiones desde un lugar más honesto.
“Yo amo actuar, pero también empecé a sentir una necesidad muy fuerte de explorar mis propias preguntas, mis propios procesos. El podcast nació de esa inquietud: tener un espacio donde no estoy interpretando, sino pensando, sintiendo y conversando desde quien soy realmente”.
La pantalla te da una imagen. La voz te da una identidad”.
A diferencia de muchos proyectos públicos que parten de una estrategia, ella asegura que abrir estas conversaciones no fue una decisión calculada. Más bien surgió de un cuestionamiento personal. “No lo viví como una decisión de ‘voy a usar mi plataforma’. Lo viví como: si yo tengo estas preguntas, este miedo, esta confusión —y soy una mujer con acceso, con recursos, con red de apoyo— ¿qué está sintiendo la mujer que no tiene nada de eso?”
Para ella, la visibilidad con la que cuenta implica también una responsabilidad. No necesariamente la de tener respuestas, sino la de atreverse a formular preguntas que muchas personas prefieren evitar.

“La visibilidad me dio la responsabilidad de ir primero. De decir lo que otras piensan pero no dicen. No porque tenga las respuestas, sino porque alguien tiene que hacer la pregunta en voz alta”.
Construir un espacio así no ha sido sencillo. De hecho, uno de los mayores retos ha sido mantenerse fiel a sí misma frente a un público que constantemente observa y reacciona.“No convertirme en personaje de mí misma”, dice cuando se le pregunta por el mayor desafío del podcast. “El público te va moldeando, aprendes qué genera reacción y, sin darte cuenta, empiezas a producir una versión curada de ti. Resistir eso requiere vigilancia constante”.
La línea entre ser auténtica y “performar” la autenticidad, reconoce, es mucho más delgada de lo que parece. Y en su caso, después de años dedicados a la actuación, el contraste es aún más evidente.
El podcast nació de la inquietud de tener un espacio donde no estoy interpretando, sino pensando y conversando desde quien soy realmente”.
“Cuando estás acostumbrada a interpretar personajes, hay una especie de protección. Aquí no hay personaje. Soy yo. Y eso implica exponerte, equivocarte, cambiar de opinión públicamente”. Por eso, cuando compara actuar con hablar desde su propia experiencia, la respuesta es clara: exponerse ha sido mucho más desafiante.
“Actuar tiene una red de seguridad que la mayoría no ve. Si algo sale mal, es el personaje el que falla, no tú. Cuando hablas desde tu propia vida, no hay dónde esconderse”.

Uno de los momentos que detonó esta transición fue su divorcio, una etapa profundamente vulnerable que la llevó a replantearse muchas cosas.
“Fue uno de los momentos más intensos que he vivido. Y en medio de ese proceso entendí algo: no podía seguir guardando silencio sobre las cosas que más duelen solo porque tengo una imagen pública que proteger”.
Ese momento marcó un antes y un después. El dolor, dice, terminó siendo más grande que el miedo. A partir de ahí, su relación con la imagen pública también cambió. Mientras la pantalla construye una percepción, la voz —descubrió— puede construir algo mucho más profundo.
No lo viví como una decisión de usar mi plataforma, sino como una responsabilidad de hacer preguntas en voz alta”.
“La pantalla te da una imagen. La voz te da una identidad. Una imagen envejece, cambia, depende de lo que otros proyecten sobre ti. Una voz, si es honesta, se vuelve más tuya con el tiempo”.
En el camino también ha aprendido a manejar la responsabilidad emocional que implica tener una audiencia que escucha con atención cada conversación. “No soy terapeuta, no soy gurú, no tengo todas las respuestas”, aclara. “Muchas veces grabo en medio de una pregunta que todavía no sé responderme”.
Para ella, la responsabilidad no está en ofrecer soluciones perfectas, sino en mantener la honestidad. “La responsabilidad no es darles certeza. Es no mentirles”.
Quizá por eso los temas que más han resonado con su audiencia tienen que ver con experiencias profundamente humanas: relaciones de pareja, rupturas, maternidad y autoconocimiento. “Algo que me ha sorprendido es cuánto necesitamos hablar de lo que sentimos sin sentirnos juzgados. Como si el simple hecho de nombrarlo en voz alta ya fuera un alivio”.
Con el tiempo también ha desarrollado una regla personal que guía muchas de sus conversaciones: cuando un tema le da miedo publicar, probablemente es ahí donde está la conversación más necesaria.
Porque, al final, lo que ha descubierto es que la autenticidad conecta más que cualquier versión cuidadosamente construida. “El entretenimiento te quiere simple, legible, encasillable. El podcast me permitió ser lo que en realidad somos todos: una persona que a veces no sabe, que cambia de opinión, que tiene miedo, que se contradice”.
Cuando se le pide resumir esta etapa de su vida en una frase, Aislinn no duda. “Es la etapa en la que por fin soy la autora de mi propia vida. Dejé de pedir permiso y entendí que el caos no es el obstáculo”.