“Eres muy buena gente”, me dicen constantemente, pero lo que no me dicen es que ser buena gente a veces duele… y mucho.
En términos básicos y aunque suene innecesario, según el diccionario, ser buena gente es tener bondad; es decir: que se cuenta con las mejores y únicas intenciones de hacer el bien. Bajo este concepto puedo reconocer y confesar que efectivamente soy muy buena gente.
No obstante, aquella frase que escucho frecuentemente por lo general viene acompañada de una contradicción contundente: “no deberías ser tan buena gente”. Es curioso ver cómo las personas reconocen en uno aquella bondad y al tiempo que la agradecen o celebran ruegan porque no la tengas. Y es que saben que ser “buena gente” es también sinónimo de ser vulnerable y estar un poco más expuesto a ser lastimado, porque seamos honestos, sabemos que las buenas personas, aquellas que siempre están y que siempre tendrán una mano para dar, son más fáciles de lastimar, pues quizá son aquellos a los que no siempre sabemos valorar.
Y para todos aquellos que me suplican no ser de esa manera les tengo una noticia: he peleado incansablemente con no ser tan buena gente. Me he dormido llorando y deseando amanecer siendo diferente o mejor dicho: siendo indiferente. He suplicado por escuchar más a la razón y no tanto a mi corazón. He deseado no perdonar y no olvidar lo que ha quedado atrás con la única intención de que no me vuelvan a lastimar, pero no puedo… y siendo honesto, hoy no solo no puedo, sino que no quiero.
Hace tiempo hice las pases con aquel sentimiento y me reconocí en el espejo y frente al mundo entero como una buena persona, como aquel que no busca hacer daño, que da la mano sin importar si se queda manco, que no distingue entre cercanos o extraños para ayudarlos; hace tiempo que simplemente no espero nada a cambio, solo quiero dar lo mejor de mí a mi paso. Y no, tampoco se trata de dejar una huella, pues considero que las buenas personas no son tan egocéntricas, simplemente es saber que estás dispuesto a ayudar a cualquiera.
Y no, no necesitas salvar al mundo, encontrar la cura de una enfermedad, adoptar a todo animal sin hogar o buscar ayudar a cualquier humano que te cruces al caminar. Nada de eso importa, pues todo aquel que genuinamente se reconoce como buena persona sabe que ello simplemente va de la mano con no querer hacer daño, con no querer herir sentimientos ni lastimar a terceros. Ser buena persona es quizá un acto de fe. Es confiar en los demás, es dar sin esperar, es ayudar sin querer cobrar, es caminar sin querer dejar marcada una huella al pasar, aunque sabemos que aquellos que dejan huellas verdaderas es porque simplemente es parte de su esencia.
Entonces sí, ser buena persona es quizá lo mejor que puedes hacer por ti y por los otros, es animarte a sentirlo y darlo todo. Es mirarte en el espejo y sentirte orgulloso de aquel que encuentras en el reflejo. Ser una buena persona frente al mundo en el que vivimos es también serlo con uno mismo y simplemente no hay nada más lindo. Esa es nuestra suerte, la de la buena gente.