Durante años, Luis Jiménez y Agustín Zubillaga nos dieron el soundtrack perfecto para romantizar relaciones que ya habían terminado, recordar a personas que era mejor olvidar y mandar mensajes que debimos dejar en borradores. Pero esta vez la historia es otra: se acabó el despecho, al menos por la noche.
Con Las Cosas Que Solo Se Hacen En La Noche, el dúo venezolano cambia las baladas por el merengue disco y convierte 12 canciones en una noche completa, desde el primer drink hasta ese amanecer en el que nadie quiere irse.
La idea no nació de un concepto perfectamente calculado, sino de una necesidad mucho más simple: salir del estudio y volver a vivir. “Sentíamos que estábamos repitiendo las mismas historias, hablando de los mismos espejismos del pasado. Ya no nos tocaban la misma fibra”, cuenta Luis.

Así que cambiaron la rutina por viajes, nuevas personas y experiencias que terminaron convirtiéndose en más de 50 ideas musicales. “Siempre hay que vivir para escribir”, una frase que podría resumir toda esta etapa.
Entre tantas canciones, comenzaron a descubrir un patrón. “Algunas tenían una vibra más de día y otras se sentían completamente nocturnas”, recuerda Agustín. Cuando apareció el tema que da nombre al álbum, todo encajó: 12 canciones, 12 horas y una historia que sucede mientras el resto del mundo duerme.
Musicalmente, el resultado tiene algo de una fiesta en Ibiza con nostalgia por la Venezuela de los 90. French House, electrónica de los 2000 y el merengue que escuchaban desde pequeños. “Juan Luis Guerra, Olga Tañón, Ilegales, Proyecto Uno… Todo eso está en nuestro ADN”, explica Luis.
Para llegar a ese sonido también tuvieron que desaprender algunas de sus propias fórmulas. Agustín cuenta que incluso decidieron dejar fuera la LinnDrum, una máquina de ritmos que habían utilizado constantemente en Alta Fidelidad. “Nos pusimos pequeñas reglas porque queríamos obligarnos a descubrir otras cosas”.
Y entonces llegó Nile Rodgers. Sí, el mismo de Chic y Get Lucky, tocando en un disco de merengue disco. “No puedo creer que tenemos un tema con él”, confiesa Luis, todavía sorprendido por una colaboración que describe como algo que se llevará a la tumba. A este universo también se suma Yorghaki, a quien conocieron en un aeropuerto de Madrid y cuyo trabajo en La Ciudad había sido una de las influencias del proyecto.
La transformación también llegó al escenario, aunque con un pequeño dilema: ¿qué haces con todas esas canciones que tus fans necesitan llorar cuando estás intentando organizar una fiesta?
La solución fue inventar el balada moment, dos espacios dentro del concierto dedicados al despecho. Porque incluso entre beats electrónicos y merengue siempre habrá alguien esperando escuchar Tuvimos futuro.
Pero quizá el cambio más importante ocurrió lejos de los escenarios. Luis asegura que durante este proceso descubrió “a un Agustín completamente diferente”. Después de años trabajando juntos, los viajes y las nuevas experiencias también transformaron su amistad.
Agustín, quien ha hablado abiertamente sobre vivir con depresión crónica, describe el último año como un punto de inflexión. “Mis problemas siguen ahí, pero ahora los veo desde otro lente, desde el agradecimiento y la aceptación”.
En ese proceso, Luis se convirtió en algo más que su compañero musical. “No sabía que tenía este lado tan sabio, como de mentor. Se convirtió casi en una especie de life coach”, comparte.
Por eso este disco se siente tan diferente. No es que LAGOS haya dejado de hacer música sobre emociones intensas, sino que ahora también hay espacio para la alegría, la amistad y todas esas historias que solo suceden cuando decides salir de casa.
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