Thanksgiving, una celebración que se remonta al siglo XVII y que a lo largo de la historia ha dividido opiniones, pero que el objetivo es simple y muy bonito: agradecer.
Si algo he aprendido en la vida es que no hay nada mejor que agradecer; lo lindo, lo feo, lo malo, lo bueno, todo se agradece pues deja en cada uno de nosotros algo que nos hace crecer.
Dar las gracias es más que decir un par de palabras, es reconocer cuando alguien ha sabido estar a tu lado y te ha dado una mano.
Dar las gracias es ser conscientes, es dar un paso al frente, tanto para continuar de la mano o para que cada cual siga por su lado. Es mirarse de frente, es reconocerse en el otro y agradecerle por aquello que ha hecho por nosotros. Y es que todo aquel que llega a nuestra vida siembra en ella algo que eventualmente florece. Aprendizajes, sentimientos, recuerdos, todos aquellos son parte de las conexiones que tenemos y solo por ello hay que agradecerlo.
Cada nuevo día, cada bienvenida o cada despedida. Todos aquellos momentos que son parte de la vida misma. Y aunque a veces duele, hoy sé que todo se agradece, pues al final del día, todo aquello que vivimos, que sentimos y que compartimos es lo que hoy nos hace ser nosotros mismos.
Decir “gracias” a los que estuvieron y a los que están, a los que nos tomaron de la mano en el pasado y a los que no nos han soltado. Gracias a la familia, a los amigos y a nosotros mismos.
Y aunque a veces decir “gracias” no parece suficiente, hoy se que es un buen inicio para dar un paso al frente. Por ello y más, simplemente, gracias.